Alas doradas

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AD 1 - Ángel

La vida era sencilla.

Una suave brisa fluía entre las nubes; parecían estar compuestas por densa niebla blanca, innatural en su movimiento. Si un humano hubiera podido ser testigo de tal paisaje, habría expresado su asombro por el cielo azul claro sobre las neblinas.

En un entorno tan tranquilo, resonó un fuerte bostezo. Había alguien allí, alguien que se estiró perezosa y tranquilamente. Un joven de pelo rubio punzante, peinado hacia atrás, con tres largos mechones negros fuera de lugar que enmarcaban un lado de su cara. Su barba corta contrastaba con su piel clara, pero no tanto como sus densas y afinadas cejas. Tenía una apariencia avispada pero relajada, una actitud ligeramente picaresca.

Aunque pudiera parecer humano, no lo era. No podía ser considerado uno, no cuando algunas plumas temblaban sobre él y brillaban bajo la luz del sol. Dos alas, que anteriormente parecieron ser pequeñas contra su espalda, se desplegaron para mostrar lo largas y anchas que realmente podían ser. Duplicaron fácilmente su tamaño con un solo movimiento relajado.

El ángel sacudió un poco sus alas, y luego las dejó descansar a sus lados, en el suelo. Una vez se sintió cómodo, cerró sus ojos ámbar, con calma. No mostró ninguna intención de volver a levantarse; su cabeza descansaba sobre sus brazos, mientras que su peso estaba soportado por su pecho.

Había silencio a su alrededor. Pero sabía bien que no había tal tranquilidad en la distancia lejana. Le gustaba venir aquí, donde podía huir de toda preocupación… Porque nunca podría encontrar tranquilidad en la ciudadela. Su raza siempre trabajaba arduamente, en todo posible ámbito. No había un solo segundo en el que no estuvieran absortos en sus convenios; la indiferencia era casi considerada un delito.

Sentía gran aprensión por su propia tierra. Por ello estaba aquí ahora, relajándose de nuevo, sin nada que le molestara en el momento.

Sacudió sus alas otra vez; sus movimientos lánguidos contrastaban sus pensamientos nerviosos en gran medida. Pronto las dobló sobre su espalda para cubrirse los hombros y el cuello, como una capa. Podrían servir como ropaje, pero siempre llevaba su habitual blusa terrosa, un par de tallas más grandes que las suya; casi cubría su cinturón negro y sus pantalones.

Se quedó allí durante un buen rato, pues el tiempo no podía ser realmente cuantificado. Siempre fluía como el viento.

Eventualmente, abrió un ojo, porque escuchó el eco de pasos detrás de él. Prestó atención a la voz que llamó gruñonamente, pero sin mucho interés aparente.

-No deberías estar aquí, chico.

Alexis se movió por fin; se giró sobre su espalda para mirar a su tío, sin prisa.

Angus podía ser bastante intimidante; siempre fruncía el ceño. Tenía una barba bastante larga, trenzada y desordenada al mismo tiempo. Las apariencias podían ser engañosas; Alexis sabía que su tío tenía un lado blando. Muy oculto. realmente escondido, tal vez en lo profundo de su gran barba negra.

Ciertamente, era aterrador para algunas personas, incluso si no era el más alto de los ángeles. No obstante, nunca era capaz de intimidar a su sobrino, y no solo porque el joven era más alto que él.

Alexis ignoró el comentario de Angus, y no le importó la mirada exasperada que recibió por ello. De hecho, respondió a su reproche sarcásticamente.

-Puedo estar donde quiera… Ya he hecho todas las cosas que esos idiotas me dijeron que hiciera.

Alexis rodó de nuevo y se desplomó sobre su pecho, para continuar centrándose en sus pensamientos. Nunca entendería por qué otros ángeles lo presionaban tanto, solo porque hubieran vivido más siglos o dispusieran de un rango más alto.

Podría parecer que estaba evitando trabajar… Pero no era el caso. Si él era algo, era trabajador. No sería una mentira si dijera que era el mejor herrero de la ciudadela, después de Angus. Si él estaba aquí tan a menudo, era sólo porque no podía soportar a los demás. Simplemente no podía aguantar estar allí. Toda su gente se comportaba como… Como si pudieran gobernar el mundo entero, quizás por orden divina; actuaban como si pudieran menospreciarlo todo. Eso lo hacían. Constantemente.

-Idiotas y esnobs. Siempre diciéndome que actúe con más orgullo… ¿Por qué demonios debo hablar tan formalmente, o ponerme esas estúpidas túnicas?

Mientras Alexis se quejaba mentalmente, Angus se tomaba su dulce tiempo para sentarse a su lado, no sin un largo suspiro. Ambos se centraron en mirar a la distancia en frente a ellos, en silencio.

Pasó un rato, sin que dijeran una sola palabra. Finalmente, Angus miró de lado a su sobrino y rompió el silencio.

-Estás aburrido, ¿no?

-Tal vez lo esté.

Nunca ocurría nada. Pero no era como si pudiera quejarse. Era una existencia fácil. No tenía ninguna preocupación aparte de cumplir sus deberes a tiempo. Solo debía forjar las armas y armaduras que le encomendaban, quizás arreglar algún que otro carruaje, lo que fuera. Cumplía cualquier tarea que se le asignara. Siempre era la misma rutina.

Angus levantó una ceja por la forma en que su sobrino observaba el horizonte. Alexis miraba al abismo, una amplia fisura entre la niebla y el terreno. Nadie podía atisbar su fondo. Tras su interminable oscuridad se escondía otro mundo. Era la tierra de los humanos y otras criaturas menores, seres indignos de ser nombrados.

Alexis tenía un alma curiosa. Pero Angus sabía que dicha alma también era temerosa.

-Ahí no hay nada que valga la pena ahí. La mayoría de los hombres están ansiosos por dejarlo atrás…”

Alexis resopló un poco y luego replicó cansadamente.

-Pero sigue siendo parte de todo. Al fin y al cabo, ¿no tenemos que enviar a algunos de nosotros allí?

Angus se encogió de hombros con un refunfuño, incapaz de negar el hecho. Alexis no se movió cuando su tío se levantó y comenzó a alejarse, de regreso hacia la ciudadela. Hubo tiempo suficiente para que le diera un último consejo.

-La mayoría nunca vuelve. No sientas mucha curiosidad.

El joven ángel no siguió a su tío. Se quedó admirando el borde del precipicio, incapaz de apartar la vista del abismo.

Él sabía bien cómo podía ser ese mundo. Estaba lleno de maravillas; era extraño, y sufría cambios constantes. También era peligroso. No sólo los seres humanos lo habitaban; incontables demonios plagaban esa tierra. Así que estaba satisfecho con sólo mirar. Tenía suficiente con eso. El abismo a veces concedía pequeñas visiones de lo que sucedía en ese dominio, a quienes lo observaran lo suficiente.

La vida que tenía era suficiente, aunque distara mucho de ser perfecta. No era satisfactoria, pero su simplicidad ofrecía seguridad. Sus deberes eran arduos, aburridos y repetitivos. Sin embargo, estaba contento con ello. No sufría tormentos o inquietudes… No había peligro.

No tendría que atravesar el abismo y vagar por ese mundo; eso era algo que otros ángeles debían afrontar. Él no lo haría. Simplemente tenía una existencia fácil.

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