AD 3 - Trio
Fuertes pasos resonaron a través del largo pasillo. La persona en la habitación adyacente abrió su ojo lentamente, alertada por su rápido ritmo.
Godric suspiró, sabiendo lo que sucedería segundos después. Tal como esperaba, la puerta fue abierta de golpe. El consiguiente saludo fue tan imperioso y decidido como siempre.
-¡Godric! ¿Lo has -?!?
La interrumpió, de manera calmada.
-Ayako, respira primero. Esto es un asunto serio…
Los ojos helados de Ayako miraron fijamente a Godric, altivamente. La paciencia de la joven era, como siempre, frágil; fluctuaba fácilmente entre la ira y la gentileza. Como de costumbre, la pelirroja se apresuró hacia donde él estaba meditando, incluso si la habitación no estaba muy iluminada, con sólo unas pocas velas en el suelo.
Ayako respondió a su mentor de manera rápida pero cansada. Él no levantó la mirada, demasiado centrado en las runas dibujadas en el suelo.
-Es un asunto realmente serio, tienes razón. Me has llamado; y eso sólo significa-
-Ha caído un ángel. Sí.
Godric cerró su ojo exasperadamente, porque Ayako ya se había acercado a la mesa donde estaba todo su equipo de caza. Agarró sus cosas rápido, mostrando bien lo poco que le importaban sus consejos. Ambos sabían que ella no necesitaba tales advertencias, pero el aun así trató de hacerla escuchar.
-No hay necesidad de apresurarse con tanta inquietud. La caza precisa moderación.
Ayako soltó una pequeña risa resoplada, casi ofendida por su comentario. Ató su fiel ballesta sobre su espalda, y luego aferró sus dagas a su cinturón.
-Eso lo se bien. -Se cruzo de brazos, molesta por el hecho de que todavía la juzgara como una simple aprendiz. -He matado a todos y cada uno de los ángeles que has sentido. No me digas como cazar, no después de tanto tiempo trayéndote-
-Cada ángel es diferente; no deberías-
Godric no pudo terminar, porque Ayako pateó la puerta de nuevo y salió de la habitación. Solo tenía un pensamiento: encontrar su objetivo. Su voz resonó desde el pasillo, en su tono agudo pero firme.
-¡No importa si usan hechizos, no importa si son los mejores esgrimistas! ¡Puedo abatirlos! -Empezó a correr, despidiéndose con apuro. -¡No hay tiempo que perder! ¡Nos vemos más tarde!
La cazadora marchó a través de la apotecaria de Godric. Pronto llegó a la sala principal, y allí, escuchó a Cecilia reír bajo su capucha negra. No dejó de correr hacia la salida cuando la muchacha comentó.
-¡Trata de no destrozar mucho al ángel, Ayako! ¡Cuanto más entero, mejor!
-¡Lo sé!
La chica de pelo blanco se encogió de hombros y se centró de nuevo en sus notas y libros, dado que Ayako ya había desaparecido por la puerta.
Había pasado mucho tiempo desde que apareció un ángel. Mucho tiempo desde el punto de vista de un mortal. Lo necesitaban. Y, por supuesto, Ayako estaba empeñada en cumplir tal tarea.
La joven tomó una profunda inspiración de aire fresco afuera, cerrando los ojos por un momento. Trato de aclarar sus pensamientos. No sentía odio ni satisfacción cuando mataba a un ángel. No los despreciaba en absoluto.
Algunos libros antiguos los describían como seres que sustentaban verdadera bondad en sus corazones. Eso era lo que se decía… Y tal vez, en cierto modo, era cierto, en una manera extraña. Su carne y huesos tenían propiedades extraordinariamente curativas. Eran capaces de hacer que cualquier dolor se desvaneciera, y suprimían casi cualquier dolencia. Los ángeles eran criaturas increíbles.
Sin embargo, esas criaturas no mostraban nada de la bondad que se decía que tenían. En realidad, solo les preocupaba una sola cosa: matar a cualquier demonio que se atreviera a vivir. Realmente no les importaba ayudar a la humanidad como exclamaban con palabras vacías. Eran bastardos arrogantes, que no dudarían en destruir todo en su camino para lograr su purga del mundo.
Para ella, no eran diferentes a los demonios que odiaban con toda su alma. Menospreciaban a cualquier cosa que no fuera como ellos. Así que no sentía mucho arrepentimiento cuando les quitaba las alas y la vida. De una manera retorcida, sus muertes ayudaban a los humanos más que sus estúpidas guerras.
Tras debatir sus convicciones, Ayako siempre se sentía más segura de sí misma. Sus ojos se abrieron cuando escuchó un pequeño gruñido a sus pies. Una pequeña sonrisa creció en sus labios cuando vio a su compañero, un pequeño lince negro de orejas holgadas y ojos rojos. La miraba con paciencia, aunque bostezaba.
-Vamos, Lykaios. Tenemos que encontrarlo”.
El lince siguió a la humana cuando esta comenzó a correr de nuevo. Ambos se alejaron del pequeño pueblo, hacia los densos bosques al norte.
Tenían que encontrar un ángel. Siempre lo hacían antes de que cualquier demonio pudiera. Eran más rápidos.
————————————————
Dos alas doradas se movían nerviosamente. Un ángel caminaba cansado, sin idea de hacia dónde se dirigía. Sus ojos estaban rojos, porque sus lágrimas cayeron toda la noche. No durmió, ni un segundo. Finalmente llegó la mañana, y ni en un solo momento no había estado alerta. Estaba ansioso, pero estaba demasiado asustado para moverse. No había querido hacer ni un solo ruido; mantuvo sus gritos dentro, tanto como pudo. No había sido capaz de mantener su mente en silencio, siempre imaginando cómo un demonio podía sentir su presencia.
No había querido moverse, ni huir a ciegas. Pero tenía que hacerlo. Por eso estaba aquí ahora, caminando cansadamente por el bosque, sin siquiera saber a dónde ir. Lo único que sabía era que tenía que encontrar un lugar donde esconderse. No podía quedarse donde apareció, y tampoco podía esperar a ser encontrado y morir.
Tenía que encontrar un lugar, alguno donde al menos pudiera tener una oportunidad de no ser visto. Porque si algún demonio se acercara… podría saber que estaba allí. Los demonios podían oler mejor que cualquier otro ser; podían sentir y detectar a sus presas. Él.
Alexis no era estúpido. No podía dejar de pensar mientras se hacía paso, vigilando los árboles y las ramas para no golpearlos con sus alas. Respiraba agotadamente, por el miedo y el cansancio. Necesitaba refugio, comida…
-Agua.
El ángel soltó un suspiro de alivio; había encontrado un pequeño flujo de agua. No era casi nada, sólo unas pequeñas gotas que caían a través de algunas pequeñas rocas. Pero podía escuchar un flujo más fuerte y grande, no muy lejos.
Alexis empujó sus alas ligeramente hacia abajo, para ayudarse a sí mismo a escalar el terreno, esperanzado. Después de un rato, sonrió un poco, pues finalmente vio su objetivo.
había una pequeña cascada, que caía de un alto acantilado. A pocos metros a la derecha, había una abertura en la roca. Era una pequeña cueva, que ofrecía espacio suficiente para descansar.
-Mejor que nada.
Estaba cansado; había caminado durante mucho tiempo. No tenía ni idea de dónde estaba, ni a dónde ir. Y realmente, no estaba seguro de si sería una buena idea arriesgarse y buscar otro lugar donde descansar.
Este lugar podría ser lo mejor a encontrar. Así que caminó lentamente hacia la caverna, quitándose su peto dorado de manera brusca. Lo tiró al suelo enojadamente, una vez dentro de la cueva. La pesada espada también fue descartada segundos después.
Alexis se dejó caer a ciegas sobre una roca plana. Sus alas se movieron a su alrededor, como mantas. Eran lo único que tenía, aparte de una armadura estúpida y una espada que no sabía cómo blandir. Decidió que lo mejor era dormir, tratar de olvidar su ansiedad. Estaba justificado, porque un demonio sabía de su existencia, seguro.
Pensaría cuando se despertara. Necesitaba descansar.
-Si es que puedo, claro…
————————————————-
En algún lugar, en la negra noche, se abrieron dos ojos violetas. Brillaron, iluminando las sombras, revelando su presencia en ella.
Su figura estaba sentada contra un árbol, cerca de su morada. Su delgada cola se movía nerviosamente, mientras que sus garras estaban unidas, tensas.
Sus ojos se cerraron, pensativamente. Movió una de sus garras y dejó que reposara sobre su pecho. Podía sentir sus latidos; eran intensos, casi antinaturales. Podía sentirlo.
-Un ángel, hmm?
Era un hecho que intentaría matarlo.
-Estaré listo.