AD 7 - Lamento
Las paredes temblaron, pues un profundo gruñido resonó en la noche. Su sonido atravesó muchas oscuras habitaciones, iluminadas tenuemente por las pequeñas llamas violetas de unas velas.
En lo profundo de una antigua villa humana, tras incontables pasillos, había una mazmorra, escondida por fuertes puertas de hierro. Y en su más oscura cámara, él aguardaba.
Una larga cola negra golpeó el suelo de nuevo, deslizándose lentamente sobre los pequeños escalones. Ese movimiento fue lo único que reveló su presencia en la oscuridad. Tal desidia hizo que su siguiente gruñido pareciera fantasmal, lleno de ira.
Esperó… Cómo había esperado. Tal horrible noción lo llevó a abrir los ojos. Su sutil brillo lo reveló un poco más en las sombras, asentado sobre los escalones. Los agarraba fuertemente con sus garras, y casi los rompió cuando presionó con sus afiladas uñas.
Un día más había esperado. Sin embargo, no había rastro de su cazador. Debido a ello, se levantó lentamente y respiró hondo, algo que lo hizo parecer más alto. No necesitaba tal favor, no cuando medía dos metros de altura, quizás más. Sus afilados cuernos emergían por detrás de sus orejas, arqueándose hacia atrás, para asomar con su sombra. Su presencia podría describirse como lo que un humano imaginaría al nombrar a un demonio.
Su raza era inconfundible. Un colmillo se asomaba de sus labios, y algunas llamas surgían a su alrededor de vez en cuando, para desvanecerse y morir después. Sus manos terminaban en tajantes zarpas, como sus pies; podían parecer humanas si se cubrían con guantes o las botas negras que llevaba.
Realmente podría parecer humano si no fuera por sus garras, cola, cuernos y ojos brillantes. Todos esos atributos eran intensificados por su recia estatura. Aun así, no parecía un monstruo. Si se ignoraban tales rasgos, era apuesto; su expresión podía ser gentil, resaltada por su cobriza piel. Además, su elegante ropa no resaltaba sus rasgos más salvajes, pues podría ser apta para un noble, tenida en un oscuro cobalto.
La palabra bestia no era apropiada. Uriel no era un demonio de baja categoría, después de todo. Era poderoso, más no había sido corrompido por la magia que podía blandir.
Respiró hondo, controlando la ira que sentía. Posó sus garras sobre su pecho, para luego bajarlas lentamente, soltando un suspiro. Ese lamento estuvo lleno de resignación; su larga cola se ladeaba detrás de él, nerviosamente.
-No va a venir.
-¿Me he preocupado, para nada?
Bajó las escaleras lentamente, mirando hacia adelante con rabia. Al salir de su alcoba, atravesó los pasillos a oscuras, pues todas las velas se extinguieron en su presencia.
Su villa estaba fortificada, pues se había preparado para su llegada. Caminó con cuidado a través de un cierto pasillo, evitando poner pie en una baldosa. Sorteó una de sus muchas trampas, una trampilla que llevaba a una brecha llena de cuchillas. Se dirigió al área principal de su morada, llena de habitaciones y antecámaras vacuas; todas eran custodiadas por altas armaduras negras. Sus cascos estaban iluminados por tenues luces violeta, que agonizaron cuando él les dio una sola mirada. Todas perdieron su albor cuando sus ojos relucieron. Cuando su voluntad se desvaneció, también lo hizo la fuerza de esos títeres; soltaron las lanzas que sostenían, inertes.
Sus ojos violetas se agudizaron aún más, pues estaba emocionalmente cansado. Había esperado demasiado tiempo. No sabía cuánto, pero era suficiente. Pensar en su situación lo afligía; había estado seguro de que su ángel intentaría encontrarlo, y matarlo.
Podía sentir que estaba ahí fuera, en alguna parte. Su corazón palpitaba, rogándole que fuera en su busca, para demostrar que él sería quien sobreviviría de los dos. Su enemigo no parecía desear ir a su encuentro.
Todas las trampas que había preparado no harían nada sin nadie rondaba cerca de ellas. Había pensado que esperar le daría una ventaja: conocer el campo de batalla donde lucharía por su vida.
Uriel se detuvo frente a una gran vidriera. No había luz en el hermoso vestíbulo; debido a ello, fue la luna quien iluminó su rostro. Fulminó con la mirada los bosques que rodeaban su morada, con resentimiento y recelo.
Quizás el ángel también lo estaba esperando. Tal vez seguía la misma estrategia. Solo dios podía saber que tramaba ese rufián, qué trucos planeaba en su furtiva mente.
Ese ángel tenía que saber bien lo que estaba haciendo. Pocos tenían tanta paciencia; la mayoría no perdía el tiempo, pues todos querían destruirlos sin dilación.
El joven demonio titubeo nerviosamente con sus garras, cerrando sus brillantes ojos violetas de nuevo. Debatió su situación solemnemente, una y otra vez.
-¿Debería dar el primer paso?
Reflexionó durante un buen rato. Dejó que la luna se escondiera tras los bosques oscuros que rodeaban su casa. El tiempo pasó volando.
Cuando Uriel levantó su mirada, lo hizo de manera mucho más determinada y firme. Tomó una decisión; había esperado lo suficiente. Si retrasaba su reyerta por mucho más tiempo, solo conseguiría quebrar su propia mente. Tenia que dejar de preguntarse porque el ángel esperaba y actuar de una vez. No tenía miedo de su enemigo.
Un viento helado pareció alzarse cuando las puertas de la villa se abrieron de par en par. La noche era fría, incluso si unas llamas se ensalzaron súbitamente por un segundo. El demonio se abalanzó hacia el bosque, raudo. Sólo tenía algo en mente: cazar al cazador. Encontrar a su ángel. Matar.