Alas doradas

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Ayako rodeaba los árboles y la densa vegetación, avanzando con cuidado. Agarraba y empujaba las ramas a su alrededor, para ayudarse a sí misma a evadir rocas y troncos caídos.

Su bandolera tendía de lado a lado debido a sus movimientos rápidos, pero aun así no hacia ruido alguno a través del bosque. Tenía su ballesta fijada sobre su hombro izquierdo, lista para ser tomada. Su munición siempre estaba a mano en su cinturón, como sus dagas.

Siempre estaba bien armada, lista para enfrentar y acabar con cualquier ángel que deambulaba por su región. Pronto, otro caería muerto.

Sus ojos se abrieron triunfalmente cuando vio un pequeño destello, no muy lejos, cerca de unos arbustos. Soltó una pequeña risa acallada y se agachó lentamente. Cogió la pluma dorada, inclinándola hacia abajo para que Lykaios la examinara también.

-Otra. Este ángel es un poco descuidado. O le gusta fardar.

A este paso ni siquiera tendría que esforzarse. Ya había explorado las afueras de su pueblo. Por ello se aventuró en estos enormes bosques, al norte. Para ser honesta, se sorprendió cuando encontró la primera pluma, muy fácilmente. Ahora otra.

Este ángel tenía que estar muy seguro de sí mismo para dejar que esto sucediera. Era fácil para un demonio seguir un rastro. Eso le llevaba a preguntarse si quizás el ángel estaba tratando de atraer a su objetivo al dejar atrás estas plumas.

Ayako ignoró esos pensamientos, sacudiendo la cabeza. No era importante para ella. No le importaba nada cuáles fueran los planes del ángel. Solo le concernía encontrar su paradero. Después de todo, no viviría mucho tiempo.

La cazadora se centró de nuevo en su objetivo, en lo que tenía que hacer. Susurró calmadamente, con una sutil amenaza.

-¿Puedes saberlo ya?

Lykaios no paró de mirar la pluma, ni por un solo segundo. Soltó otro resoplo mientras se centraba en su olor. Trató de pensar, elegir a dónde ir. El ángel había estado lejos de la aldea; probablemente deambuló desde donde apareció. Habían pasado muchos días desde que Godric sintió su llegada.

Ayako no pudo evitar sonreír cuando Lykaios gruñó en un tono más profundo. Sus ojos rojos brillaban, cual sangre. Su voz resonaba entre sus colmillos.

-No está muy lejos.

El lince negro apuntó su hocico hacia adelante, con finalidad y una respiración profunda. Era cuestión de tiempo que lo encontraran.

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Entre los árboles, en un pequeño claro, una figura se había sentado sobre una pequeña roca. Un fúnebre silencio reinaba, pues ni un solo murmuro lo quebraba.

Alexis miró tristemente a sus propias manos, contando la poca comida que tenía. Como si hacerlo le fuera a dar más. Una de sus alas estaba extendida a su lado, y empujaba letárgicamente con su punta el flujo del pequeño río. Cuando por fin alzó la voz preocupadamente, apenas se escuchó entre los sonidos de la cascada, incluso si su flujo era suave.

-Necesito encontrar otra fuente de comida pronto.

Este lugar le ofreció refugio, pero poco más que eso. La pequeña abertura en la pared pedregosa mantenía la lluvia lejos, y disponía de agua. Ya había hecho un pequeño nido dentro de la cueva, usando hojas y plantas. Cubrió con ello la roca más plana, paralela a una pared. No hacía tanto frío ahora en las noches. Pero… la falta de alimento se iba a convertir pronto en un problema.

Había vagado por el bosque; era enorme y denso. Deambuló y exploró durante una semana entera. O más; ya había perdido la cuenta de cuántos días habían pasado.

-Soy así de inútil.

Alexis suspiró y miró fijamente las bayas y la manzana que tenía. No estaba encontrando mucho más, la verdad.

-Joder…

Angus seguramente le daría un buen regaño por maldecir. Pero teniendo en cuenta su situación, no podía importarle ahora. Presenciar la decepción de su tío podría haber sido lo peor del mundo no hace mucho tiempo, pero ahora solo podía pensar en cómo podría aparecer un demonio para hacerlo pedazos, en cualquier momento.

Dejó la fruta contra la roca con el ceño fruncido. Se obligó a si mismo a tener paciencia y no comer. Porque solo tenía eso, nada más. Tal vez no sería el demonio lo que lo mataría, sino el hambre.

Alexis soltó un fuerte resoplo sarcástico, tirándose el pelo hacia atrás de manera frustrada. La situación era más extraña de lo esperado. Pensó que ya tendría a esa bestia encima.

-¿Son estos bosques realmente un buen lugar para esconderse? ¿O simplemente tengo una racha de suerte?

No sabía qué hacer, si buscar comida en otro lugar, o quedarse por cobardía.

-Tal vez pueda-

El sonido de un chasquido lo sacó de sus pensamientos. Se tensó y levantó la cabeza bruscamente. Miró en pánico a su alrededor, asustado. Sus alas se abrieron sutilmente, dispuestas a ayudarlo a huir. Porque podía jurar que escuchó una rama romperse cerca.

No se movió, pero estaba listo para correr. Siguió mirando la flora alrededor del claro de manera cautelosa. Pasaron cinco minutos. Nada más se oyó, y no vio nada.

-¿Un conejo?

Lo más probable. Había visto algunos por el bosque. Los pequeños sinvergüenzas incluso se llevaron parte de su comida el otro día. Pero no era como si quisiera vengarse…

Alexis inclinó la cabeza y se relajó un poco. Comenzó a perderse en sus pensamientos de nuevo; su ala derecha empezó a remover el agua de nuevo, algo más temblorosa. Desconocía que debía seguir en guardia, y correr.

Lykaios le dio a Ayako una mirada de reproche, pero lo ignoró de manera altiva. Movió sus manos para hablar en señas, y su demonio la entendió perfectamente.

-Necesitaba acercarme un poco más para tenerlo a tiro.

Lykaios movió su cola y morro, molesto.

-Céntrate, y con cuidado.

Ayako simplemente asintió con la cabeza, y dejó el asunto atrás. No había tiempo que perder. El ángel estaba ahí, al alcance. Su mano derecha se movió lentamente para tomar su ballesta. Necesitaba esas alas, tan intactas como fuera posible. Así que tomó su munición favorita, mientras sus ojos helados miraban fijamente al rubio en el claro.

Alexis se había levantado por fin. Se estiró cansadamente; dejó que sus alas se abrieran por encima de su cabeza con un bostezo. Ayako tomó su desgana como el mejor momento para cargar su disparo. Pero Alexis escuchó el sutil clic de la ballesta, porque su oído era inhumano.

El ángel escuchó el disparo; perdió el aliento cuando se dio la vuelta bruscamente debido a ello. Vio atónito cómo una cuerda voló sobre él, justo después de que se dejara caer al suelo para esquivarlo instintivamente.

Le habían disparado con una flecha, acompañada por una cuerda. La que probablemente se habría enredado alrededor de sus alas y lo habría atado.

Ayako se levantó de entre los arbustos con un gruñido, sabiendo que el ataque sorpresa había fracasado miserablemente.

-¡Maldita sea!- Alexis batió sus alas y se levantó de nuevo, tan rápido como Ayako gritó. -¡Lykaios!

Justo cuando el joven ángel recuperó el equilibrio, un extraño lince saltó de los arbustos y entró en el claro de manera innaturalmente veloz.

Alexis no pudo evitar temblar y asustarse aún más. Sintió confusión y terror cuando vio los ojos rojos del animal. Entendió rápidamente que no era un simple lince; sus iris rojos parecían brillar, y su cola crecía a un ritmo alarmante.

Ayako cargó otro tiro, porque vio a Alexis lanzarse a un lado. Desplegó sus alas para volar y escapar. No logró tomar vuelo.

-¡Ah-h!

Lykaios no era un simple animal, ni siquiera un lince. Era un demonio, ahora en su verdadera forma: una enorme bestia negra con grandes patas frontales, del tamaño de un oso. Era tan fuerte como el peor de los depredadores. Tenía nueve largas colas negras, que se elevaban sobre el aterrorizado ángel. Esas colas eran mucho más altas que sus alas, por lo que no lo dejaban volar.

Con cada paso desesperado que el ángel tomaba, Lykaios se abalanzaba en frente a él. No lo dejaba moverse a espacio abierto, solo lo dejaba retroceder. Arrimó a sus fauces, más cerca con cada segundo que pasaba. Sólo dejó que el ángel hiciera una cosa: ser acorralado en su pequeña cueva, abandonar el claro.

Ayako avistó la espada y la armadura que había en la cueva, cerca de su lecho de hojas. Fue un error por su parte no llevarlas consigo. Se le escapó una sonrisa, porque Alexis finalmente se vio atrapado en su escondite. Le robaron cualquier posibilidad de volar; no podía levantar sus alas con el techo pedregoso sobre él.

Lykaios siempre hacia un buen trabajo a corta distancia. Siempre tenía cuidado de no dañar las alas. Nunca atacaba si ella podía, porque sus disparos y puñaladas eran más precisos.

Alexis estaba en estado de shock; sus pasos no eran intencionados, sino instintivos. Su mente no era capaz de entender la situación con claridad.

Un demonio lo estaba acorralando. Era tan grande que tenía que mirar hacia arriba para atisbar sus ojos rojos. Lo hizo, en trance. Lo cercaba lentamente, mostrándole sus colmillos, tan afilados como sus enormes garras. Tenía aspecto tanto de oso como lobo, con uñas que podrían cortarlo en dos en un instante, y dientes tan punzantes que le rasgarían el cuello en una sola mordida. También estaba seguro de que podría romperle todos los huesos con solo pisarlo.

Estaba viendo a un demonio. Pero no el suyo. No era con el que estaba atado. Lo que realmente lo confundió, y lo que más le estremecía, era el hecho de que una humana lo estaba ayudando. Siempre había oído que los humanos respetaban a la raza angélica. Sin embargo, hay estaba una, atacándolo. Ella también había entrado en la cueva, con su ballesta en la mano. Todo ello le hizo cuestionar si eran ciertos los rumores de que la humanidad había sido corrompida.

Ayako pensaba que el ángel recogería la espada en el suelo y finalmente lucharía. La brillante arma dorada estaba allí, a sus pies, al alcance de la mano. Todo ángel al que se había enfrentado hasta ahora había luchado. Todos la despreciaban por atreverse a retarlos. Todos eran bastardos egocéntricos, orgullosos y arrogantes. Recordaba bien a uno, uno que se sintió ofendido por su mera presencia. Aquél la atacó primero, en cuanto vio las dagas en su cinturón.

Debido a sus encuentros pasados, se desconcertó cuando este ángel no intentó coger la espada. Tampoco tomó esa armadura. Lykaios detuvo sus pasos, porque no encontró resistencia alguna.

En lugar de luchar, Alexis golpeó la pared de su escondite con su espalda; no había más pasos que se pudieran dar atrás. Sus ojos se abrieron con entendimiento, como si estuviera viendo la muerte misma. Su respiración se ralentizó al mirar fijamente a los ojos ensangrentados frente a él, esos colmillos afilados a centímetros de distancia. Detrás de esa bestia, podía ver a la humana, enmascarada por una vieja banda negra. Ella todavía sostenía esa ballesta, y tenía una flecha lista.

No podía huir. Las colas del demonio estaban a su alrededor, como una jaula, dejándolo sin elección. La humana parecía lista para actuar, porque sus ojos helados observaban cada uno de sus movimientos. Iba a morir.

La cazadora entendió menos al ángel cuando este cerró los ojos y gritó un lamento medio ahogado, presionándose contra las rocas tras de él.

-Esto es peor…!

Parecía estar gritando por sí mismo. No a ellos. Era algo que desconcertó a ambos.

Lykaios soltó un gruñido desagradado, porque Alexis se dejó caer contra la pared y movió sus alas para cubrirse. Fue un movimiento que sabía que era en vano, pues apenas amortiguaría sus ataques. Sus plumas doradas lo escondieron de sus miradas, y no se atrevió a echar un vistazo tras ellas.

Ayako podría haber jurado que vio una lágrima caer antes de que se encubriera. Pero ella sabía que eso no era posible. Sólo podía preguntarse en silencio por que el ángel no estaba luchando.

El demonio dio un paso atrás, porque nunca había visto esto. No por parte de un ángel. Todos querían su cabeza nada más verlo, por ser un demonio. Todos luchaban para matar a sangre fría. Este estaba aterrorizado con solo verlo.

El enorme lince y la chica intercambiaron miradas confundidas. Mientras tanto, Alexis siguió cubriéndose con sus alas, esperando una mordida o flecha. Un millón de pensamientos fluyeron en su mente, estando seguro de que estaba viviendo sus últimos momentos.

Estaba convencido de que iba a ser devorado vivo, de que iba a morir. Pero ni siquiera a manos del demonio tenia que encontrar y matar.

-Moriré por nada, a manos de-

-¿Por qué?

Alexis tomó aliento y abrió los ojos debajo de sus alas. La voz de la humana resonó a través de ellas, y no entendió su tono ni las emociones que había en él. Siguió sentado allí con sospecha, sin moverse durante un minuto entero. Al final, se dio cuenta de que no había colmillos en su garganta, ni flechas perforando su pecho.

Ayako levantó una ceja, porque un ala se movió, lentamente. Algunas plumas se separaron ligeramente, para revelar dos ojos ámbar que la miraron recelosamente.

Alexis la miró con aprensión; finalmente la observó de verdad. Era una joven de ojos frios. Tenía el pelo castaño, ligeramente rizado, que llegaba hasta su cuello. Ataba su pelo en una coleta alta, que colgaba cerca de su hombro. Su rostro tenía tanto rasgos orientales como occidentales, lo que le hacía preguntarse de dónde venía. Su armadura gris estaba hecha de piel de animal, probablemente de los que abatía; también estaba tenuemente teñida en azul, para ocultarla mejor en las noches cuando cazaba. Su camisa larga cubría parte de sus pantalones, y ayudaba a sostener su bandolera negra. Su larga bandana cubría su boca y mandíbula, como una máscara, mientras que el resto colgaba a su lado.

No podía concentrarse en todos sus rasgos, no mientras su corazón batía tan rápido. Simplemente siguió pensando en el posible peligro que ella ostentaba. Por ello repitió su pregunta con un susurro tembloroso, casi inaudito.

-¿P-por qué?

Él estaba tan confundido como ella. Él no entendía por qué ella estaba de pie allí, con su ballesta todavía en mano. Su mirada ya no parecía reflejar malicia o intención de matar.

Ayako aclaró su duda con un tono cansado, para tratar de encontrar sentido a la pregunta del ángel. Quería una respuesta clara.

-¿Por qué no estás luchando?

Su asombro no hizo más que crecer, porque él se escondió de nuevo bajo sus alas. Alexis respondió a su firme pregunta resignadamente, sin determinación.

-Yo no ganaría, ¿verdad? Solo… ¡Si estas ayudando a este demonio, mátame antes de que intente comerme vivo o algo peor!

-¿No tiene intención de luchar? ¿He oído bien?

Ayako inclinó la cabeza, estupefacta. Por otro lado, Lykaios resopló con disgusto; sus ojos rojos miraron a Alexis odiosamente, para luego interrogarlo.

-¿Perdón? ¿Estás intentando sugerir que te consumiría vivo?!

Lykaios sólo pudo soltar un gruñido, enojado, porque el ángel respondió rápidamente debajo de sus alas temblorosas.

-¡Sí! ¡Lo harías, bestia!

El demonio finalmente se alejó del ángel. Levantó su cabeza con orgullo y lo fulminó con una mirada condescendiente.

-Para tu información, abominación… ¡Ella no me está ayudando! ¡Soy yo quien la ayuda! -Su tono se volvió más salvaje, más fuerte. -¿Y comerte vivo? ¡No te atrevas a acusarme de algo tan bárbaro!

Alexis bajó un poco las alas, para perforar al híbrido con su mirada. Su voz sonó desafiante y nerviosa al mismo tiempo.

-¡Eres un demonio! ¡Seguro que lo harías! ¡Tú-!

-¡Bueno, tú eres un ángel! ¡Y Mírate! -Lo apuntó con una cola, y eso fue suficiente para hacerlo callar por miedo. -¡No te comportas como uno! ¿Quién es honesto entonces?

Ayako finalmente enfundó su ballesta, para luego cruzarse de brazos.

-¿Acaso es realmente un ángel?

Lykaios asintió cansadamente, sentándose y cerrando los ojos.

-Por mucho que no lo parezca serlo, lo es. -Asintió hacia Alexis sin mirar, fríamente. -¿Le vas a cortar las alas o no? No estoy aquí para perder el tiempo.

Alexis palideció y abrazó sus alas, por fin dándose cuenta de las dagas en su cinturón. No quería saber qué tenía en su bandolera.

-¿Me vas a matar por mis-?

-Nah. -Ayako sonrió tranquilamente y se quitó la banda sobre su boca. Mostró toda su cara, soltando una pequeña risa. Alexis la miró fijamente, sin entender sus acciones y comportamiento. Se sintió todavía más perdido cuando ella dijo las siguientes palabras. -Cazo ángeles, no gallinas.

Nunca mataría a alguien inocente. En su opinión, él era una anomalía; no parecía ser un mal ángel. Aunque lo fuera, no podía matar sin una pelea. No sería bueno para su moral después. Ella sólo mataba para ayudar a los enfermos en su pueblo. Quería plumas y alas, tal vez sangre y hueso, todo para ayudar a los que lo necesitaban.

Este ángel era… extraño. No como las criaturas odiosas que siempre acechaba. Todos mostraban desdén, y ella no podía verlo en él.

Alexis pareció recuperar algo de color en su piel, y su respiración se calmó ligeramente. Pero, aun así, no se atrevió a moverse. Todavía se sentía atrapado, porque Lykaios estaba cerca, y bloqueaba la salida de su pequeña caverna. Lo único que pudo hacer fue preguntar, con incredulidad y una expresión angustiada.

-Tú cazas ángeles?

Ayako se encogió de hombros y apartó la mirada por un momento. Se dio cuenta del espanto en la voz de Alexis.

-Sí. No es que esté orgullosa. Es necesario.

Alexis sintió rabia. Una profunda ira creció en él, algo que nunca había sentido, no así. Una humana, cazando a su especia. Era inconcebible.

Sus alas temblaron y se tensaron, mientras que su mirada perforó a los dos. Habló de manera iracunda, olvidando su miedo al atacarlos verbalmente.

-Para alimentar a tu maldita mascota, ¡¿eh?!

-Mascota?!

Alexis se presionó contra la pared de nuevo, porque Lykaios dio un paso hacia él, soltando un fuerte gruñido. Palideció cuando esas colas temblaron y se elevaron sobre su cabeza, pues sus puntas parecieron afilarse como cuchillas. Perdió su valentía rápidamente y encogió sus alas detrás de sí.

El demonio probablemente habría hecho algo con respecto a su comentario descarado, si no fuera por Ayako, quien soltó un suspiro frustrado.

-Lykaios…

El demonio la miró de lado, deteniéndose al instante. Mantuvo sus colas levantadas, pero su pausa permitió a Alexis respirar. El ángel se sintió aún más aliviado cuando la bestia soltó un resoplo y se alejó, con sus colas detrás de él.

Lykaios les dejó un poco de espacio, y luego comenzó a temblar. Alexis miró fijamente mientras el demonio se encogió, de vuelta a la forma de un extraño lince de cola larga, que parecía casi inofensivo. Incluso si así era menos aterrador, todavía le mandaba inquietantes miradas sobre su única cola. No obstante, ya no mostraba sus colmillos, ni tampoco gruñía.

Alexis trató de abrazarse nerviosamente y en silencio, porque la vio acercarse lentamente. Lo hizo con una sonrisa que le pareció demasiado alegre, demasiado opuesta a sus previas intenciones.

-Mira, lo siento. ¿Podemos hablar?

Le estaba extendiendo una de sus manos, y no podía ver rastro alguno de malicia en sus ojos azules.

Alexis dudó, mucho. Miró de manera desconfiada su mano, cara, y a ese lince. Que no era ningún lince en absoluto.

Pasó todo un minuto. El demonio estaba seguro de que el ángel no pararía de mirarla fijamente. Al final, Ayako sonrió, porque Alexis acabó levantando una mano lentamente, dudando. Le tomó la mano con un suspiro exasperado.

Ella lo sorprendió y incomodó aún más cuando tiro de él reciamente. Lo puso de pie con una risa, ignorando su gruñido nervioso después. Era más fuerte de lo que parecía.

—————————————————————

-Así que me estás diciendo… -Alexis le echo un ojo a sus alas, sentado a una distancia segura de los dos. -¿Tú nos cazas, por esto?

Sacudió sus alas con el ceño fruncido, algo que hizo que ella suspirara y asintiera cansadamente. Había tratado de razonar con él, y afortunadamente accedió a escucharla, después de asegurarle repetidamente que no lo agrediría. Aceptó a regañadientes sentarse cerca de este fuego que ella encendió.

Ayako removió el fuego una vez más, tratando de explicar sus motivos sin enojar al aprensivo ángel.

-Así es. Pueden curar, mucho más que cualquier hierba o medicina que los seres humanos podamos adquirir. Vuestras plumas ayudan a sanar cualquier herida, aunque no tan efectivamente como lo haría uno de vuestros huesos. Lo hago por una buena causa.

Podía notar que todavía estaba enfadado, y que no confiaba en ella. No importaba que le dijera que no le haría daño.

-Matar. -Ocultó sus alas tanto como pudo, enfurecido de nuevo. -Acabar con una vida con fines de lucro. No veo la bondad en ello.

Ayako lo fulminó con la mirada, levantando una ceja y asegurándose de preguntarle seriamente.

-¿Te he matado?

Alexis parpadeó, tomado por sorpresa.

-T-todavía no. Podrías intentarlo más tarde o-

-¿Tenía razón alguna para no hacerlo antes? ¿O ahora mismo? Todavía podría hacerlo, sí. Pero no gano nada esperando, ¿sabes?

-…

-Lo que quiero decir… -Ayako miró a Alexis fijamente, y trató de mostrar toda la sinceridad que pudo. -ningún ángel que he visto ha mostrado preocupación por nosotros. No merecían mi simpatía. No toda la culpa es mía.

Alexis negó con la cabeza, un poco alarmado por sus palabras. Le dio una mirada llena de desaprobación y triste disgusto.

-¿Merecer? ¿Que no nos importan los humanos? Somos enviados aquí para acabar con- -Recordó que Lykaios estaba allí, cerca de ella, y sintió sus ojos rojos sobre él. Así que habló con un tono más tranquilo. -… Ya sabes. Tratamos de ayudar.

Ella sólo soltó una carcajada, haciéndole parpadear en sorpresa. Ella realmente se río, como si no lo tomara en serio.

-¿Ayudar? -Su risa decreció lentamente, con un último soplo. Su expresión se volvió inquisitiva, aunque todavía sonreía. -¿A nosotros, o vosotros mismos? Porque sólo unos pocos demonios son hostiles hoy en día. Lo único que hacéis es tratar de destruirlos a todos, ciegamente. No os importa la humanidad, solo vuestra cruzada.

Alexis se levantó para contradecirla altivamente. No podía aceptar sus palabras ni sus acusaciones.

-¡Eso no es cierto! -Movió una mano a su pecho, para tratar de negar sus propias dudas. -¡A mí sí me importa! ¡Nosotros-! Sólo tratas de justificar-

-¿Lo hago?… ¡Vale! -Ayako se encogió de hombros, y luego sonrió de manera solemne. -¿Sabes cómo se siente tener que rogarle a un ángel, el primero que ves? Rogarle que te dé una pluma… Solo una, repito, una.

Alexis se acalló tímidamente, incapaz de sentir ninguna mentira en sus palabras. Su raza podía sentir emociones en los demás, y Ayako solo mostraba tristeza en su voz mientras miraba intensamente al fuego.

-Pides ayuda, y no solo eres ignorado, sino despreciado. Tienes que escuchar que tu vida no merece la pérdida de una misera pluma. Oír que algo tan pequeño es más importante que un humano. Que nuestra existencia está destinada a terminar tempranamente. -Los ojos del ángel se llenaron de triste empatía, porque la oyó reír, pero no alegremente. Sus palabras habían sido expresadas con un tono gentil, pero este se elevaba sin quererlo. -La persona por la que pedí la pluma murió. El ángel consideraba que una sola pluma era más importante que una vida. Él dijo que deberíamos estar agradecidos por su santa presencia, porque él estaba allí para ayudarnos a deshacernos de una plaga. Demonios que ni siquiera afectan nuestras vidas. Así que atrévete a juzgarme si quieres.

-Yo-

-¡Pero no siento odio, en absoluto! No, cuando me convertí en cazadora, todavía traté de buscar solo las alas. Primero traté de razonar, pedir que me dieran las plumas que naturalmente despojan. Pero siempre fui insultada, y se aseguraban de que no viera ninguna.

Alexis intentó hablar; levantó una mano nerviosamente, para tratar de llamar su atención.

-Yo no-

Pero Ayako estaba sintiendo demasiada ira; sus ojos estaban fijos en el fuego. Sus puños estaban apretados, mientras dejaba que todo saliera en un arrebato. Estaba perdida en sus creencias, mantras que repetía para mantener su cordura al verter sangre.

-¡Así que dime que estoy equivocada! ¡Puedes! ¡Pero yo soy de más ayuda que vosotros! ¡Estoy ayudando a los que realmente lo necesitan! ¡Me importa más que cualquiera de vosotros decís hacerlo! Sólo pensáis en-

Ayako se detuvo, porque sintió un ligero toque. Lykaios levantó la mirada con interés, sorprendido. Alexis se había acercado a ella, incluso si él estaba allí cerca. Ahora estaba agazapado a su lado, mirándola con firmeza y seriedad.

Ayako siguió el gesto que hizo con la cabeza, lentamente. No creyó lo que vio. Su mano estaba extendida hacia ella, con calma. Una pluma dorada descansaba en su palma, resplandeciendo con el fuego en la noche.

Alexis suspiró y apartó la mirada, disgustado y preocupado por lo que dijo. No obstante, no estaba enfadado con ella.

-Mira, sé que podemos ser unos capullos. Yo mismo lo he visto. Pero… -Dejó caer la pluma sobre el regazo de Ayako. Luego se levantó de nuevo, volviendo a sentarse donde había estado. -Puedes venir y tomar algunas de mis plumas, ¿de acuerdo? No las necesito. Después de todo, como bien as dicho, se caen solas cada dos por tres.

Ayako no podía apartar la vista de la pluma dorada. No había esperado esto, no de un ángel. Nunca había visto a uno actuando así. Nunca.

-Eres extraño…

-Y tú borde.

Ese comentario refunfuñado lo confirmó todavía más. Ayako rio incrédulamente, viéndolo cruzarse de brazos. No estaba realmente cabreado, solo molesto. No estaba mostrando la típica furia orgullosa que otros ángeles no tardaban en mostrar. Era más humano. Y eso era algo desconcertante para ella.

-¡Vale, vale! Perdón. -Ayako sonrió y dejó de reír, sintiéndose agradecida. -Supongo que te debo otra disculpa por intentar…

Alexis simplemente se encogió de hombros, incómodo. Dejó de mirarlos, fijándose en su nido. No le gustaba que estuvieran aquí, recordando bien sus primeras intenciones. Por ello, echo un vistazo sutil a Lykaios, con una pregunta en mente.

-¿Por qué te ayuda?

La cazadora sonrió nerviosamente, de repente. había tenido la esperanza de que el ángel no haría esa pregunta. Pero lo hizo, todavía suspicaz del demonio y sus intenciones. La ignorancia era una bendición.

-¡Bueno, como dije…! ¡Los demonios no son como crees! No todos, al menos. Claro, algunos por ahí son bestias, ¡pero…! Él es solo mi amigo. ¡Nada más que-!

-Me permite consumir lo que sobra de sus presas.

Ayako se mordió el labio, porque había tratado de evitar decir eso, a toda costa. Y, por supuesto, Alexis no reaccionó bien, incluso si no había emoción ahora en su expresión. Estaba pálido, gritando internamente por lo que acababa de oír. Comenzó a moverse sutilmente mientras aún estaba sentado, para alejarse ligeramente del lince. La situación sólo empeoró debido a la honestidad de Lykaios.

-¿Qué? No me mires así, no te comería a no ser que ella lo permitiera, te lo aseguro. Incluso si lo hiciera en algún momento, nunca osaría consumirte antes de acabar contigo. No hay nada malo en eso, siendo un demonio. -Lykaios sonrió, cerró los ojos y asintió sin dudar. -Además, sabéis igual que un ave.

Ayako se puso en pie preocupadamente, porque vio a Alexis comenzar a inclinarse lentamente hacia un lado. Terminó por caer hacia atrás, desmayándose con un fuerte golpe. Sufrió demasiado shock en un día.

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