Alas doradas

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AD 2 - Trampa

Tres ángeles observaban silenciosamenteun pedestal; su atención era tan intensa que nunca apartaban su mirada. Un orbe brillaba innaturalmente entre ellos, iluminando sus frías expresiones.

La sala del palacio era enorme, y aunque múltiples ángeles esperaban atentamente en ella, el silencio reinaba. Mientras que los sacerdotes aguardaban la visión que el orbe mostraría en la tribuna, incontables soldados mantenían formación bajo ella. Todos esperaban, con anhelo.

La raza angélica siempre esperaba ser guiada por orden divina. Era algo constante en su existencia; anhelaban ser instruidos en como servir una entidad que no conocían. No disponían de mucho mas conocimiento que los humanos sobre lo que realmente controlaba el mundo, pero actuaban como si lo tuvieran.

Lo único que podían hacer era esperar, obedecer las visiones que el orbe les otorgaba, mucho más antiguo que ellos. Esperaban haber servido lo suficiente algún día, y entonces ascender a una vida más sabia y poderosa. Querían saber… conocer a su tácito creador.

El orbe siempre declaraba lo que hacer. Durante siglos, siempre había mostrado visiones, de todo aquel que debía ser exterminado. Hoy, los tres oráculos vieron el orbe brillar de nuevo. No pudieron evitar mostrar disgusto en sus expresiones, pues vieron otra de esas horribles criaturas que plagaban el mundo humano. La bestia estaba reflejaba en el orbe sagrado, en toda su fiereza. Un demonio, cuya raza vagaba entre los humanos que juraban proteger.

Los tres sacerdotes asintieron con calma. Apartaron sus miradas del orbe y del demonio que mostraba; realmente parecía feroz, sin considerar sus afilados cuernos, que coronaban su cabeza. Su pelo corto y negro casi escondía sus ardientes ojos violeta en la negrura que el orbe reflejaba.

Tomaron el orbe en sus manos y lo levantaron con cuidado, para entonces hacerlo asomar sobre el balcón de la tribuna, para que todos los ángeles que aguardaban abajo lo vieran. Todos ellos eran guerreros, entrenados durante siglos. Estaban listos para acabar con la vida de cualquier demonio, y así, purificar el mundo humano.

El orbe siempre mostraba lo que su deidad consideraba necesario. Siempre brillaba; honraba al que tenía más posibilidades de destruir a un demonio, purificar un poco más la tierra. Siempre escogía al mejor entre ellos para servir su causa. Pero esta vez…

Los oráculos empezaron a intercambiar miradas preocupadas. Pasaron unos minutos, pero no percibieron ningún resplandor en la esfera; no brilló intensamente para ninguno en el templo. Ninguno de los soldados fue elegido, ninguno de los ángeles presentes allí.

Mientras los oráculos susurraban entre ellos para tratar de entender el porqué de tal ausencia, los guerreros empezaron a inquietarse. Comenzaron a susurrar; algunos se sintieron ofendidos por no ser elegidos. No podían evitarlo, porque eran los más capaces de lograr matar a un demonio. Toda su vida fue dedicada a este momento y oportunidad. Tenían más posibilidades contra esa bestia que cualquier otro ángel, pero el orbe no brilló como siempre lo hacía.

Sólo podían temer, preguntarse si el orbe estaba fallándoles, o si su deidad los estaba ignorando por considerarlos indignos.

Antes de que un tumulto pudiera ocurrir, una figura se levantó de su alto trono en la tribuna. Los murmullos terminaron rápidamente, pues todos vieron al sumo sacerdote ponerse en pie. Era el más anciano de todos, y el más sabio. No se atrevieron a hablar cuando levantó la mano para pedir silencio y atención.

Tras unos segundos, el anciano soltó una breve carcajada, siempre seguro de sí mismo y de sus creencias. Su expresión era tranquila y alegre, su voz mansa, aunque esta retumbara en la enorme habitación.

-El orbe nunca se equivoca o muestra lacra. No somos los únicos ángeles que escoger.

Los soldados gruñeron y susurraron de nuevo. Algunos incluso se atrevieron a maldecir. Todos entendieron bien las palabras del anciano, demasiado bien. Tal pensamiento era insultante. En la ciudadela vivían más ángeles, menos dignos.

No podían evitar preguntarse si un simple plebeyo podría ser elegido. Ellos eran los mas fuertes de su raza, dedicados a la batalla, y pocos podrían mostrar más aptitud para tal causa. No todos sobrevivían tras un encuentro con un demonio, sin importar cuan preparados estuvieran.

Muy pocos retornaban tras una cacería, pues esas garras impuras solían acabar con sus vidas. ¿Quién pues, sería el elegido esta vez?

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La herrería podía ser estrepitosa. Pero no tanto.

Alexis dejó de prestar atención a la rueda de la carroza que estaba arreglando. Apartó la vista para mirar a través de una ventana, porque oyó ruido afuera. Para ser precisos, oyó el estruendo de la enorme campana del palacio, algo que solo se escuchaba en raras ocasiones.

Sus alas temblaron ligeramente detrás de él. En lugar de oír dos toques de campana, oyó tres. Dos significaban que los guerreros tenían que asistir a los sacerdotes; pero tres…

-Angus. -Alexis se puso en pie, nervioso. Miró por encima del carro, y no se sorprendió al ver que su tío no había oído nada, todavía centrado en golpear metal con su viejo martillo. – ¡Angus!

El joven ángel sólo pudo soltar un suspiro exasperado, porque su tío parecía estar sordo. Por ello, dejó atrás las herramientas y se acercó al yunque. Solo consiguió tomar la atención de Angus cuando le dio un toque, recibiendo un fuerte gruñido como respuesta.

-¡Tío!

-¿Qué!? -Apenas le hizo caso, como de costumbre. – ¿No ves que estoy ocupado? Tengo que acabar con este-

Alexis lo interrumpió, levantando un brazo para apuntar a la puerta con un tono serio.

– ¡Tres toques de campana! ¡Están llamando a toda la ciudadela!

El herrero tardó unos segundos en procesar las palabras de su sobrino. Terminó por encogerse de hombros, como si nada.

-Tú tira para allí si quieres, chaval. Yo iré más tarde, cuando termine esto aquí.

Alexis suspiró de nuevo, habiendo esperado esa respuesta. Ese tipo de contestaciones eran típicas. Al mismo tiempo, Angus también esperaba las quejas que Alexis expresaría.

-La ley dicta que debemos-

-¡Sí, ley!” Alexis tomó un paso atrás con el ceño fruncido, porque Angus le apuntó con su martillo de manera gruñona. -¡También es ley que entregue estos materiales a tiempo! No hay ley que me haga apresurarme a ese maldito palacio, ¡siempre y cuando vaya! Tú haz lo que quieras; yo iré, si… ¡Más tarde!

Angus se centró de nuevo en su trabajo, mientras que su sobrino se dio la vuelta bruscamente y salio por la puerta resignadamente. Alexis no se molestó en seguir discutiendo, porque sabía que nunca ganaría una discusión con su tío.

Ambos ignoraron el asunto por el momento. Aun así, Angus soltó una carcajada, finalmente solo.

-Y luego se queja de que odia las leyes. Ahí va, obedeciendo.

Mientras Angus continuaba forjando, Alexis miró a su alrededor en sorpresa una vez que vio las calles. Nunca había visto a la clase baja ser llamada a la plaza del palacio. Era un ángel bastante joven, al menos según los estándares de su raza. Una gran multitud ya estaba reunida unas calles más adelante. Podía ver algunos sacerdotes de alto rango entre ellos, quienes rara vez salían de sus templos. No obstante, lo que más le sorprendió no fue ver tal multitud…

Si no tuviera buena vista, negaría que estuviera viendo el sagrado orbe entre todos ellos. Aunque nunca lo había visto antes, sabía que nunca lo sacaban del palacio, un lugar que solo los guardias o sacerdotes de más importancia podían visitar. Pero ahí estaba el orbe, custodiado por más guardias de los que solía ver. La multitud observaba con curiosidad y preocupación.

Alexis se acercó también, con cuidado, preso de su típica curiosidad. Se acercó, incluso si algo de la situación le alarmaba subconscientemente. Podía ver el orbe, claramente. También podía ver al sumo sacerdote a su lado. El anciano sonreía demasiado, como siempre.

La situación tenía que ser grave. Nunca se había mostrado la reliquia al pueblo. Tal hecho le hacía asumir que el demonio de la visión era tan infame que los sacerdotes querían exponer al soldado que lo combatiría, a toda la ciudadela.

Alexis se habría ido; no le interesaban los asuntos de la nobleza. Siempre había odiado las estúpidas tradiciones que todos se veían obligados a seguir. Cualquier cosa que el orbe mostrara, sería un demonio. Y no quería ver eso, en absoluto.

Se habría ido, sí. Si no fuera por el hecho de que notó cómo los guardias impedían que nadie se fuera, firmemente. Expresaron otra de sus leyes sin sentido. Ahora no podía hacer camino entre la multitud; vio que más gente se había acercado detrás de él.

Por supuesto, eso lo puso nervioso. Comenzó a mirar a los soldados, intentando encontrar una pequeña ruta por donde colarse y alejarse. Mientras tanto, los sacerdotes intercambiaban susurros entre ellos.

Había suficiente gente para comenzar el rito. Tomaron el orbe, y lo levantaron como lo hicieron en el palacio. Los soldados que estaban cerca gruñeron con ira, pues todos lo vieron brillar por fin. El elegido estaba cerca.

El sumo sacerdote suspiró de manera aliviada, y entonces comenzó a guiar a los tres oráculos a través de la multitud. Todos permanecieron quietos y en silencio mientras el orbe era portado alrededor.

El resplandor del orbe crecía o se desvanecía, dependiendo de si se alejaban del ángel que su deidad había elegido. Cuanto más lejos, más se extinguía su luz. Cuanto más cerca, más brillaba como el sol.

Todos los ángeles fruncían el ceño preocupadamente; el resplandor crecía con cada paso que los sacerdotes tomaban entre todos ellos. Todos se preguntaron si serían ellos los que lucharían, porque servir tal causa era un honor. Todos los ángeles creían que era una bendición servir para el bien mayor. Todos menos uno. Uno que nadie esperaría jamás que fuera elegido.

El sumo sacerdote detuvo sus pasos. Todos perdieron el aliento, desconcertados. Alexis parpadeó, sorprendido. Finalmente se dio cuenta de que el anciano estaba justo delante de él. Con el orbe en sus manos.

El joven dio un paso nervioso hacia un lado, para dejar que el sacerdote siguiera adelante. Sólo para verlo acercarse de nuevo. El intenso resplandor se había desvanecido sutilmente con su paso. Sus ojos ámbar mostraban confusión, pues no entendía todavía por qué todo el mundo lo miraba con tanta atención, ni por qué todos se alejaban, dejando mucho espacio a su alrededor. Si el tenso silencio que cayó fuera físico, no sería capaz de cortarlo ni con la más afilada de las espadas.

-No puede ser.

Alexis no movió un músculo. Fue incapaz de reaccionar mientras el anciano agitó el orbe a su alrededor, demasiado alegremente para que permaneciera tranquilo. No ayudó nada a hacerle entender lo que estaba sucediendo, en absoluto. Pero podía empezar a hacerse una idea. Una idea horrible, que solo se confirmó cuando el anciano rio mientras lo señalaba con un dedo.

-Este”.

Alexis se lo quedo mirando sin emoción por un momento; no reaccionó de inmediato. Miró fijamente al orbe y al sacerdote, confundido. Sólo por un momento.

-Q-qué?! -Finalmente entró en pánico, cuando el anciano sonrió e ignoro su reacción. Vio cómo algunos guardias lo estaban comenzando a rodear sutilmente. Levantó las manos frente así para tratar de evadir sus miradas, nerviosamente. No entendía la situación, y al mismo tiempo lo hacía. Sólo se preguntaba la razón. -¡E-espera, espera! ¡Tiene que haber algún error! No soy un-“

-No eres un soldado… -El anciano le hizo callar; desconcertándolo con su feliz sonrisa. -¡Pero el artefacto te ha elegido!

-¿Cómo puede este viejo decir eso tan alegremente?

Alexis sonrió nerviosamente. Dio un paso atrás y señaló sobre su hombro para tratar de razonar contra sus afirmaciones.

-¿Yo? No, mira, tal vez este tipo detrás de mí es el que-

-No, no hay error, joven.

Alexis intentó moverse, intentó irse, con calma y razonamiento. Pero fue agarrado por los guardias, tan intimidantes como siempre. Para empeorar las cosas, el anciano volvió a reír, y luego caminó a su alrededor en círculos. Lo hizo para mostrarle cómo desde todos los ángulos, tras cada paso, el orbe brillaba para él. Realmente había sido elegido por su deidad.

-¿Ves? -Alexis estaba demasiado sorprendido para reaccionar a la siguiente orden. El sacerdote señaló el enorme palacio, como si sólo lo estuviera invitando a tomar el té. -Proceded.

Tras la multitud de ángeles, Angus lo vio todo. No sintió más que horror y rabia. Vio lo que sucedió, pero estaba demasiado lejos para intervenir. No había podido acercarse al centro de la plaza antes de apresaran a su sobrino; había demasiada aglomeración, y fue uno de los últimos en acudir. Aun así, comenzó a empujar a la gente fuera de su camino; no le importaron sus reacciones. Sabía bien lo que su único familiar se vería obligado a lograr… O perecer intentándolo.

Angus maldijo, porque dos guardias le bloquearon el paso. Rugió y les dio una sola advertencia para que se apartaran.

-¡Fuera de mi camino, imbéciles! ¡Él no puede-!

Los dos soldados mostraron su habitual falta de empatía. Eran tan emocionales como dos piedras.

-Está obligado a acabar con esa bestia.

-Por ley, no se permite ninguna interferencia, debes-“

La multitud se apartó rápidamente, porque un herrero tumbó un guardia al suelo. El casco de dicho soldado rodó por el pavimento de la plaza. Tristemente, después de una larga pelea y muchas costillas rotas, Angus no pudo hacer nada más que observar mientras Alexis era empujado hacia el palacio.

Las grandes puertas se cerraron lentamente, y sólo le dejaron atisbar un poco sus ojos temerosos. Su única familia estaba atrapada, condenada.

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Ni un solo movimiento… Los oráculos suspiraron, porque Alexis estaba congelado en el filo del abismo, mirando hacia abajo con una mirada perdida. Sus manos sostenían temerosamente la espada que le entregaron, contra el peto dorado que le forzaron a llevar.

Se había desmayado dos veces mientras le explicaban su nuevo deber. La primera vez, cuando le dijeron que tenía que saltar al mundo humano. La segunda, cuando trataron de mostrarle su demonio a través del orbe. Palabra clave, intentaron.

Al final, todo fue explicado, y sus armas otorgadas. Lo guiaron hasta el abismo. O más bien lo arrastraron.

Ahora, no podía dejar de mirar abajo con horror, intimidado por la enorme caída. Sus alas presionaban sutilmente contra su espalda, tanto como podían.

Debía saltar. No era una posibilidad o idea. Era una orden. Un mandato que le hacía sentir indefenso, que resonaba fuertemente en su mente; casi le dolía.

Tenía que matar a un demonio. Tenía que saltar al mundo humano para encontrarlo. Para acabar con él. O nunca volver.

Si no lo mataba, seria olvidado allí, para nunca ser convocado de vuelta. No hasta que ese corazón corrupto dejara de latir.

¿Cómo pueden ver esto como un destino glorioso?

Alexis tembló; trató de no quebrar bajo la presión. Trató de dar un paso atrás, sólo para ser detenido por un soldado, que posó una mano sobre su hombro para mantenerlo en el borde. Ese toque, fue lo que finalmente le hizo entrar en pánico, rescatándolo de su aturdimiento emocional. Trató de razonar por su vida, de nuevo, incluso si sabía que no lo escucharían.

“¡Esto no es justo! ¡Os lo he dicho, ¡no soy un soldado! ¡No puedo matarlo!”.

Los guardias asintieron cansadamente, algunos de manera mordaz. No mostraron simpatía, sino envidia e ira contenida.

Era delgado, y no aparentaba ser muy fuerte. No era nada como un guerrero. Sentían asco y enojo con solo mirarlo, pues consideraban que nunca debió haber sido elegido. La raza angélica era muy hermanada y estricta. Y Alexis, aunque fuera herrero, era conocido por su comportamiento inusual. Todos los ángeles estaban orgullosos de su naturaleza luchadora, nacidos con fuerza. Siempre deseaban adquirir más, poder y sabiduría. La mayoría se preguntaba si él era un ángel siquiera. Siempre fue débil y excéntrico, demasiado enérgico y emocional.

No quería saltar. Sabía que no tendría ninguna oportunidad. Pocos ángeles lograban ganar cuando saltaban a ese mundo. Había visto a su demonio, se le había mostrado lo salvaje que parecía a través del orbe. Esos ojos afilados, de un color violeta antinatural; garras como cuchillos, una figura que podría dominarlo fácilmente…

Moriría. Esa bestia lo buscaría y lo mataría. El orbe creaba un vínculo, siempre invocaba un encantamiento. El demonio sentiría que un ángel fue atado a su alma, elegido para poner fin a su vida. La bestia trataría de encontrarlo por ello, podía estar seguro de ello. Uno de ellos tendría que sucumbir.

Y lo peor… Era que los demonios consideraban a los ángeles su presa. Literalmente. Había oído hablar de ello, muchas veces. Esas criaturas podían devorar a cualquiera que tratara de servir ese mundo. Mataban de maneras terribles. Esto era una sentencia de muerte. O algo mucho peor.

Las expresiones de los guardias se volvieron todavía más hostiles, porque vieron temblar ligeramente las alas de Alexis. Reflejaban su miedo y sus intenciones de huir. Se movieron antes de que el pudiera, sabiendo que estaba pensando en correr, otra vez. Detuvieron su huida, una vez más. Por supuesto, el trató de liberarse de su agarre; comenzó a patear por su vida, en vano. Gritó, golpeando las armaduras de los soldados, que lo sostuvieron sin inmutarse.

-¡Dejarme ir! ¡No sobreviviré! ¡Esto no tiene sentido! ¿Por qué enviarme a mí?!

-El orbe sabe quién hará la mayor diferencia. -El sacerdote cerró los ojos, para entonces dar la orden. -Empujadlo.

Alexis perdió el aliento, pues sintió como los dos guardias tras de él le dieron un empujón, uno fuerte. Solo pudo tambalearse un poco; movió los brazos para tratar de recuperar el equilibrio cuando sus pies se deslizaron en el borde. Intentó retroceder con la ayuda de sus alas. No lo logró, no cuando no había espacio para moverse o empujarse hacia atrás. Los dos soldados no dudaron en bloquear su única salida.

Sólo podía caer. Lo empujaron hacia abajo, y así, a su muerte. Fue condenado al abismo que conducía al mundo humano, del que no podría escapar.

Alexis levantó sus grandes alas, en un movimiento puramente instintivo. El abismo era como un enorme acantilado, con un vacío bruno sin fin. Era peor que cualquier altura desde la que había saltado para volar. Intentó planear y alzarse, lo hizo. Pero no importaba cómo batiera sus alas, no había viento que pudiera sentir. No había ni una sola brisa en la fisura, ni esperanza de escapar su aparente infinidad.

Sintió una extraña gravedad tirando de él, antinatural. Se tambaleó en el aire para darse la vuelta, para mirar hacia arriba, a la niebla blanca desde donde fue empujado. Sus alas colgaban, incapaces de obstaculizar su caída. Algunas de sus plumas doradas fueron arracadas, y también vio sus lágrimas en el aire. Hubo un último instante en el que pudo ver el lugar donde le gustaba deambular; ahora era el lugar de su irracional destino.

Su mente empezó a nublarse, extrañamente. Le costaba pensar, sin importar cuan alarmado estuviera. Su vista empezó a empeorar, lentamente. Todos sus pensamientos cedieron. Fue tomado por un profundo sueño, uno que no pudo combatir mientras caía. Todo se volvió negro, y no pudo seguir mirando a las figuras en lo alto, quienes observaban arrogantemente su perdición.

Los oráculos apartaron sus miradas del abismo, incapaces de verlo más el oscuro vacio. Se atrevieron a juzgar ahora lo que permitieron que sucediera, egoístamente.

-Es cierto. No tiene ninguna posibilidad.

-Probablemente no sobrevivirá ni un solo minuto contra esa bestia.

-En vano…

Alexis había desaparecido por completo. Nadie podía atisbarlo, y nadie podía adivinar dónde aparecería en ese mundo. El sumo sacerdote parecía satisfecho por ello, pues su sonrisa no flaqueó. Ahora habló con todavía más calma.

-Como he dicho, el orbe siempre honra al que más puede servir. -Comenzó a alejarse, como si nada hubiera pasado. -Incluso si no regresamos, debemos tratar de hacer de ese mundo un lugar mejor. Es ley.

Todos intercambiaron una mirada escéptica. No tenían más que dudas. Era un misterio si ese joven volvería.

Probablemente no. El orbe seguramente estaba perdiendo parte de su poder. Era imposible que un ángel tan débil pudiera matar a un demonio. No podría ayudar a la humanidad si ni siquiera podía destruir el mal que había entre ella. No volvería.

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-Frío.

Podía sentir una brisa fría a su alrededor. Sus alas temblaban; pronto se apretaron alrededor de su figura para tratar de mantener algo de calor, instintivamente.

La brisa que sentía no era confortante, pero el viento que conocía era cálido, como el sol. Este era frío y disímil.

-¿Por qué…?

El ángel todavía estaba aturdido por la caída. Estaba confundido y debilitado. Un quejido cansado se le escapó mientras sus manos tantearon el suelo. Se despertó lentamente de su extraño sueño. Sus ojos se abrieron, gradualmente. Su visión estaba nublada, y no podía ver con claridad; pero podía sentir que estaba tirado en tierra fría.

Miro cansadamente al bosque que lo rodeaba. No reaccionó por un minuto entero, demasiado aturdido para hacerlo. Observó fijamente la oscuridad de la noche, sin verla en verdad. La única luz venia de la luna sobre él y los enormes árboles.

No hay estrellas…

Se quedó allí tirado durante unos minutos, sintiéndose débil. Su mente despertó un poco con el tiempo, pero no se atrevió a moverse.

Alexis tomo aire de manera súbita, finalmente despierto. Entonces jadeó en sorpresa; se sentó rápidamente. Se abrazó a si mismo con sus alas, con un movimiento que reflejaba su terror. Por fin entendió que estaba en un lugar desconocido; no reconocía estos bosques. No podía recordar nada… pero tan solo durante un minuto.

-…

Sus ojos perdieron toda emoción, pues recordó todas las palabras que se vio obligado a escuchar. Su sentencia se pronunció con calma, sin emoción ni piedad. Lo dijeron todo fríamente, sin dar ninguna posibilidad de objeción, como si no estuvieran hablando del destino en el que caería. Fue empujado para matar, o morir.

-No… lo último. No hay manera de que pueda matar.

Las lágrimas comenzaron a caer silenciosa y lentamente de sus ojos; sus manos temblaban, aunque toda emoción hubiera dejado su expresión. Una espada estaba tirada en el suelo, a su lado. Una espada, que le hizo pensar en lo que no podía hacer, lo único que podía salvarle.

-Yo- Yo no…

No quería morir. Tal concepto no era fácil de asumir. Aunque le costó mover sus brazos, se abrazó con un sollozo acallado. Sólo un búho estaba cerca para ver u oír su lamento, y aun así, sólo podía imaginar que estaba siendo observado por unos afilados ojos violeta, llenos de odio.

Sus alas presionaban fuertemente a su alrededor, lo suficientemente grandes como para ocultar todo su cuerpo mientras se arrodillaba. Nadie lo oyó llorar impotentemente. Por toda la noche, pensó que no estaría solo durante mucho tiempo. En cualquier momento, un demonio podría encontrarlo. Ya podría estar buscándolo, sin descanso.

Sabía bien que la bestia trataría de encontrarlo. Lo buscaría. Pero él no lo intentaría también; no perseguiría como se esperaba de él.

No sobreviviría. Estaba claro. Por ello, levantó un poco la cabeza para mirar hacia el cielo negro. Lo perforó con una mirada enojada y desesperada. Estaba furioso, y asustado.

-¡Quiero volver!

Su ferviente demanda fue ignorada. No importó cuánto mirara al cielo negro, o cuánto rogó sin palabras. Su hogar no estaba al alcance; el cielo sin estrellas no era el abismo que lo trajo a este mundo. Por esa razón, no intentó volar. Se resignó a desviar la mirada y quedarse callado. No se puso en pie, no pudo.

Tenía una buena existencia. Tenía a Angus. Su tío siempre estuvo ahí para él. No se había despedido. No se le permitió verlo. Y no lo volvería a ver. Estaba atrapado.

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