Alas doradas

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AD 5 - Exasperación

Un suave murmullo resonó a través del claro. Ayako alzó la mirada preocupadamente al escucharlo, sabiendo lo que significaba.

La cazadora le mandó una mirada a su demonio, y eso bastó para hacerle entender. Lykaios se alejó con un leve gruñido a una distancia preventiva, porque Alexis se estaba despertando, y lo último que ella quería era que se desmayara de nuevo por verlo.

Dentro de la pequeña cueva, el ángel se movió ligeramente sobre su nido, compuesto por una roca plana y algunas hojas. Podía sentir la luz del sol sobre él. Por ello ladeó su cabeza hacia un lado, frunciendo el ceño al tomar aliento y despertar sutilmente.

Ayako estaba sentada cerca de la abertura, removiendo el fuego a su lado para que no se extinguiera. Los ojos ámbar del ángel se abrieron cansadamente, para entonces mirar tristemente a su figura. Pudo reconocerla, incluso si estaba dándole la espalda.

-No fue un sueño.

Tuvo la esperanza de que se despertaría en casa. Como cada día que se despertaba en este mundo.

Al oírlo, la chica sonrió un poco y lo miró por encima del hombro, para luego hablar alegremente, demasiado para su gusto.

-¡Buenos días!

El no diría lo mismo. Un gruñido se le escapo cuando abrió las alas un poco, porque había estado acostado encima de ellas. Los humanos no parecían saber que poner peso sobre ellas era algo bastante incómodo.

Decidió no quejarse; tenía otras cosas de las que preocuparse. Se frotó la cabeza cansadamente y luego la saludó fríamente, sin mirarla.

-¿Por qué sigues aquí?

Ayako parpadeó y miró al cielo, pensando detenidamente. El esperó su respuesta pacientemente, porque sus ojos azules mostraban puro enfoque, como si fuera a decir la más razonable de las razones. Para su sorpresa, terminó por encogerse de hombros con una risa.

-¡No sé! Supongo que quería asegurarme de que estabas bien después de lo que dijo Lykaios. Perdón por eso, por cierto.

La expresión de Alexis no podía mostrar más sospecha y exasperación. Maldijo mentalmente al levantarse de su cama de hojas.

-¿Está todavía por aquí, o…? -Escuchó un maullido raspado afuera; y eso le hizo suspirar y resignarse. -Por supuesto que lo está.

Ayako se mordió el labio para contener una pequeña risa. Mientras tanto, Alexis se levantó de su cama y sacudió algunas hojas que se habían enganchado a su ropa.

Todavía no se estaba atreviendo a salir de su cueva. Desconfiaba, incluso si sabía que ella no haría nada; podrían haberle hecho lo que quisieran mientras estaba fuera de juego.

-No te va a comer.

El joven ángel refunfuño y dejó de mirar a su ropa cuando la escuchó burlarse de su vacilación. Por fin salió de su escondite, pisando fuerte y dejando claro cuan molesto estaba.

-¡Vaya, disculpa que piense de esta manera después de escuchar toda mi vida que moriría si alguna vez me encontrara con una bestia como él! -Se alejó de ella, murmurando resentidamente. -Teniendo en cuenta mi situación, seguro que acaba pasando.

Esas últimas palabras fueron susurradas, dirigidas a sí mismo. No obstante, Ayako era el alma más curiosa del mundo, y una cazadora con muy buen oído.

Ella notó bien su expresión deprimida. Alexis ahora estaba agazapado cerca del pequeño río, arrojando un poco de agua sobre su cara para despertarse completamente. Algo que no estaba funcionando en absoluto.

-¿Todo bien?

Alexis rió cínicamente y en silencio. Se preguntó si acaso algo estaba bien. Las cosas no podían estar peor. O tal vez sí. Aun así, no quería admitirlo, así que enterró esos pensamientos. Se frotó los ojos y le contestó secamente, sin mirarla.

-No importa.

Ella fingió una mueca, asegurándose de ocultar su sonrisa al quejarse socarronamente.

-¡Si voy a poder pillar algunas plumas, tal vez si importa!

Alexis dejó de mirar al agua, inclinándose para fulminarla con la mirada. Su voz sonó molesta, pero aun no mostró ni pizca de odio.

-¡Oh, así que realmente es una cuestión de intereses!

Ayako sonrió pícaramente y asintió decididamente, frotándose las manos como una villana.

-¡Lo admito, si! Pero… -Sonrió amablemente y le dio una mirada interrogativa, realmente preocupada por él. -Pareces asustado.

No era estúpida; sabía bien que no estaba asustado de ella o Lykaios. Al menos no del todo. Incluso si le había afectado su previo ataque, el miedo que podía notar en su cara ahora no podía ser para ellos. Lo mostraba cada vez que miraba a su alrededor, a la distancia, demasiado temerosamente como para que fuera simple nerviosismo. Algo le aterraba sutilmente, y estaba tratando de ocultarlo. Pero ella podía verlo claramente. Estuvo completamente segura de sus sospechas cuando el trató de negarlo todo.

-¿Asustado? -Alexis soltó un resoplo que sonó más ansioso que altivo. -Para nada. Yo sólo-

No pudo terminar la frase. Ambos callaron, desconcertados por un fuerte sonido: un gruñido que vino de su estómago.

Alexis se sonrojó, maldijo, y gruñó, todo a la vez. Puso una de sus manos sobre su barriga, lentamente y con vergüenza. Ayako comentó con cuidado, viendo que estaba ignorando sus necesidades, sin hacer nada más que mirar el agua.

-Tienes hambre.

Alexis levantó los ojos al cielo y rió sarcásticamente, con un tono mordaz.

-Muy cierto. No hay que ser muy avispado para verlo…

Ella levantó una ceja, y no dudó en devolverle su burla.

-Bien pues, ¿no vas a hacer nada al respecto? Porque eso es lo que haría una persona con sentido común.

Alexis no podía comer. No debía, todavía no. Sólo le quedaba una manzana y algunas frutas pequeñas. Casi nada. Eso ni siquiera sería un aperitivo.

-Metete en tus propios asuntos.

-¡Vale!

Alexis parpadeó, porque Ayako miró de nuevo al fuego y dejó de prestarle atención, como si nada. Lo ignoró felizmente. Se la quedó mirando pasmado, viéndola rebuscar en su bolsa. Ella sonrió pícaramente, porque sintió cómo el ángel miró fijamente a lo que sacó de ella. Lykaios volvió a su lado, atraído por lo que tenía en mano ahora: dos peces, algo de pollo y pan.

Ayako atravesó la carne y pescado con unas ramas, para entonces colocarlo todo sobre el fuego. Hizo todo esto con movimientos lentos y calculados, casi burlonamente. Consiguió hacer gruñir a Alexis, quien podía ver la satisfacción en su rostro.

-¿Es que no os podéis ir de una maldita vez?

Nunca admitiría que odiaba estar solo, pero esto era peor. Alguien estaba exhibiendo comida como si nada, justo en su cara. Era humillante. Ahora no podía parar de pensar en comerse la maldita manzana. El olor del fuego hacía más difícil controlar su hambre.

Cuando Ayako habló de nuevo, Alexis no quería nada más que tirar algo de agua sobre el fuego con un ala. No ayudó nada la manera en que escondió una risa en sus palabras.

-¡Primero hay que desayunar!

Si la muchacha no hubiera aparecido ayer, tal vez no estaría tan cansado y hambriento ahora. Habría explorado, y tal vez encontrado más fruta.

-Pero no, esta tenía que venir aquí y-

Otro fuerte gruñido resonó. Su estómago de nuevo, suplicando sustento.

Ayako sabía que Alexis la estaba mirando fijamente, con rencor y puro desagrado. Lykaios resopló, entretenido por como el ángel empezó a acercarse de manera sigilosa. Estaba haciendo demasiado ruido, arrastrando sus alas. Mientras trataba de echar un vistazo a la comida, todavía mantenía su distancia.

Ella cerró los ojos, estando al tanto de que él se inclinaba detrás de ella para mirar lo que tenía. También sabía bien que era demasiado terco para pedir nada. Así que cuando su brazo se movió hacia atrás de repente, Alexis jadeó y se tambaleo ligeramente, pillado por sorpresa. Tardó unos segundos en recuperarse del susto, porque todavía no estaba seguro de si ella lo atacaría. Su pulso se relajó cuando vio que ella solo le estaba entregando algo con una sonrisa, y no apuntándole con una daga.

-¿Quieres un poco? Deberías comer algo; casi estas en los huesos.

No respondió a su pregunta. Estaba demasiado ocupado mirando el pan que sostenía. Ayako podía ver el intenso interés en sus ojos, incluso si estaba dudando en tomarlo.

Al final se decidió. Lo cogió de su mano como si fuera a desaparecer, tragándose también su orgullo. Lykaios ladeó su hocico, porque Alexis literalmente devoró el pan tras sentarse al lado de Ayako, sin miramientos.

-Y me llama bestia a mí.

Alexis ignoró ese comentario sardónico. Se centró en la comida, tratando de ignorar la manera en que la cazadora lo observaba, curiosa y preocupadamente. Intentó ocultar su vergüenza, no habiendo comido nada más que fruta desde que apareció en este mundo.

-Pues sí que tenías hambre…

La comida desapareció rápido, demasiado rápido. Alexis tragó y exhaló fatigadamente, viendo que no disponía de más pan en sus manos. Apenas sació su hambre. Por ello, apartó su mirada al suelo, notando como lo estaban mirando. No estaba de humor para hablar, por lo que solo soltó un breve y acallado murmullo.

-Gracias.

Ayako asintió con calma, dirigiendo su atención a la carne y pescado sobre el fuego. Le hubiera gustado ofrecerle algo más, la verdad, pero había oído que los ángeles no comían carne. Y lamentablemente, no tenía más pan.

Alexis se quedó allí sentado, centrado en la calidez del fuego. Era reconfortante. No sabía si alejarse, quedarse ahí, o irse. No tenía idea.

Optó por quedarse. Pero lo único que haría seria mirar fijamente al fuego. Después de todo, este era su… ¿morada? Tal vez, algo así. Los que tenían que irse eran ellos, no él. Este lugar era su escondite, su única posibilidad de sobrevivir.

Mientras trataba de sosegar sus propios pensamientos, Ayako tomó la carne del fuego; dos piezas, una para Lykaios y otra para ella. Alexis no le prestó atención alguna, como si no existiera, como ella había sospechado que haría. Ignoró la comida, incluso si todavía tenía hambre.

Su sorpresa vino cuando cogió los dos peces del fuego. Parpadeó y ladeó su cabeza, porque captó cómo Alexis le echó un ojo nerviosamente, como si sintiera curiosidad. Estaba fallando miserablemente en tratar de ocultarlo. Por ello, ella preguntó tentativamente, confundida.

-Vosotros no coméis carne, ¿verdad?

La pregunta sorprendió a Alexis. No esperaba que Ayako volviera a hablar de comida, dado que ya le había dado algo. Solo reaccionó cuando la vio asentir al pollo y pescado asertivamente.

-Ah… No. Nunca.

-¿Entonces por qué…? -Alexis seguía mirando fijamente a los peces, casi en trance. -¿Acaso coméis pescado?

Ayako nunca había oído tal cosa, no de un ángel. Bueno, tampoco esperaba que uno se negara a pelear, pero ese era otro tema a debatir.

Alexis se frotó el pelo, pues el mismo dudaba en que decir. Su inseguridad era evidente mientras trataba de explicarse.

-En nuestro mundo, no necesitamos cazar o tener mucho ganado. Tenemos suficiente comida por parte de nuestros cultivos. Tampoco tratamos de pescar. Nunca he probado esto.

Olían bien. Demasiado. Estaba tentado, pero no sabia si siquiera debía pensar en ello, desde un punto de vista teológico.

Ayako miró al cielo pensativamente. No tardó en agarrar uno de los peces para ofrecérselo súbitamente, algo que no fallo en alterarlo de nuevo. Sus movimientos siempre eran rápidos e impulsivos, pero poco a poco se acostumbraba a ello.

Alexis se inclinó lentamente para ojear la comida. Hizo una mueca, dudando, porque comer carne estaba prohibido para su especie. Pero técnicamente no se trataba de carne, sino de pescado. Nunca había escuchado una ley que lo vedara, porque ni siquiera lo obtenían del único mar en su tierra.

-¿Está bien si…?

Tuvo que decidirse, porque Ayako le estaba dando una mirada de fastidio, cansada de sostener el pez en la mano. Así que lo agarró con un pequeño gesto de gratitud. La miro a los ojos sin vergüenza por primera vez, demasiado agradecido en su inquietud.

Ayako comenzó a comerse su propia comida, mientras que Alexis solo sostuvo la suya, mirándola fijamente. Sólo logró susurrar algo, dudando en tomar un mordisco.

-Realmente huele bien.

-Cocinado, sí. Crudo, no tanto. -Ayako suspiró, porque Alexis todavía no había tomado ni un solo bocado. -No está envenenado, ¿sabes? ¡Pruébalo de una vez!

Alexis había comenzado a imaginar su sabor desde que Ayako los sacó de la bolsa. Si los hubiera conseguido él, tal vez se los habría comido hasta crudos.

Lykaios había terminado su ración, y se había tumbado al lado de Ayako para dormir. Al mismo tiempo, Alexis tomó un primer bocado, recelosamente. Fue un bocado tan pequeño, que ella se preguntó si sería capaz de notar su sabor.

Los ojos de Alexis se abrieron, llenos de sorpresa. De repente, se lanzó para un segundo bocado, mucho más decisivo y rápido. Ayako preocupó cuando vio le vio inclinar su cabeza y temblar un poco.

-Eh, ¿estás bien? ¿Acaso es-?

Ayako se hecho para atrás, sorprendida por la siguiente reacción de Alexis. Levantó la cabeza bruscamente, sonriendo y soltando un expletivo que ella apenas escuchó. Como si el pescado fuera lo más delicioso que había comido nunca.

-¡Esta jodidamente bueno!

No lo entendería nunca.

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El claro estaba en calma. Ni un solo ruido lo disturbaba. Por ahora.

Alexis estaba quieto al borde de la cascada. Sentía como el agua rozaba sus pies descalzos mientras miraba hacia abajo, atentamente. Sus ojos ámbar parecieron afilarse un poco, al seguir el rastro de un pez que nadaba abajo.

Sólo había logrado atrapar un pez. Uno. Desde que llegó aquí, a este claro entre densos bosques, los peces no habían considerado peligrosa su presencia. Pero el día después que Ayako se marchara, cogió un pez con sus propias manos… Y ahora, cuando lo intentaba de nuevo, todos huían rápidamente, considerándolo un depredador.

Tenía suficiente comida por el momento. Encontró más fruta; había explorado más los bosques. Pero aun así…

El joven ángel se lamió los labios, porque no podía dejar de recordar el sabor del pescado que había cocinado Ayako.

-¿Por qué diablos no he probado esto en mi vida? Vale, ningún otro ángel lo ha probado nunca, y no es como si mi casa estuviera cerca del agua… Pero joder, al menos debería haber debatido la idea.

-Tú espera…

Batió sus alas con fuerza, tomando el vuelo sobre la cascada. Hizo un giro calculado en el aire, para entonces planear lentamente hasta el flujo del rio. Sus ojos se fijaron en el pez otra vez, y nunca apartó la mirada mientras flotaba hacia abajo.

Lo iba a atrapar, cayendo directamente sobre él. Lo agarraría, justo entre sus manos. Un nuevo intento, después de muchos otros a lo largo de los días. Todos habían resultado en fracaso.

Había tratado de conseguir algo de pescado de diferentes maneras. Había intentado esperar al lado del río y dejar que se acercaran, pero fue ignorado y evadido. También había tratado de pararse en el borde de la cascada para agarrarlos tan pronto como pasaran, pero solo terminó por tropezar y caer al río, empapando sus alas. Tuvo que descansar bajo el sol durante horas.

Esta vez sería diferente. Se abalanzaría sobre ellos sin ser visto, de manera inesperada. No dejaría que unos peces lo humillaran.

Habían pasado algunos días desde que conoció a Ayako. Esperaba estar solo de nuevo, nunca volverla a ver, pues se marchó con una última disculpa socarrona. Poco sabía él que mientras planeaba sobre el agua, una humana se dirigía hacia su nido. Una cazadora que se preguntaba si el estaría allí.

Ayako dudaba que lo volvería a ver también. Sabía que Alexis estaba aquí por una razón, algo que tenía que hacer. También sabía que él desconfiaba de ella; quizás resentía lo que intentó hacer.

-Sí. Ya se habrá marchado. Él-

Los pensamientos de Ayako se detuvieron en seco, como sus pasos, tan pronto como puso pie en el claro. Aparto una rama, y no supo cómo reaccionar ante lo que presenció. Vio un ángel moverse como un pez fuera del agua en el rio, mientras que un pez de verdad se tambaleaba entre sus raudas manos.

Alexis estaba maldiciendo y gruñendo, aleteando sus alas empapadas, sin lograr atrapar su supuesta presa. Se movía como un gato para atrapar al pez. Un gato mojado y enmarañado.

Al final, el pez saltó y escapó su agarre, abofeteando su cara con su cola, logrando escapar al agua.  El supuesto depredador cayó de cabeza al rio.

Alexis jadeó y tomó un fuerte aliento al emerger del agua, sentado en la orilla. Levantó la mirada lentamente bajo su pelo empapado, oyendo una fuerte risa. Una risa que no le hizo ninguna gracia. La vio allí, partiéndose de risa, acercándose al río y él. El gruñido que soltó para saludarla fue tan exasperado como el golpe que dio una de sus alas.

-¿Tú otra vez?

Ayako se acercó más, frotando una de sus mangas sobre su ojo para parar de reir. No fue una tarea fácil, no cuando Alexis intentó ponerse de pie y casi tropezó de nuevo, porque sus alas pesaban mucho al estar húmedas.

-¿Qué se supone que estabas intentando, Alex?

Alexis se quitó su largo flequillo negro fuera de su cara, para darle una mirada desconcertada.

-¿Alex? -Se alejó ligeramente de ella, disgustado. -¿En serio me estás dando un apodo? ¿Después de solo-?

-¡Así no es como deberías pescar, tonto! -Quiso golpearla con un ala, mucho, porque ignoró su queja. Necesitó mucha paciencia y control para no empujarla cuando le tocó un ala con un dedo, burlándose de él. -¡No quiero que dañes esas plumas doradas!

Las cejas de Alexis temblaron un montón, con la misma intensidad con la que decreció su paciencia. Sus alas se erizaron sutilmente, tensas. Le respondió con un susurro irritado y acusativo.

-Porque las quieres para ti, pedazo de-

-¡Y porque son bonitas!

Alexis casi se cayó con el salto que pegó. Ayako sonreía picarescamente otra vez, viendolo sonrojarse nerviosamente.

-Q-qué diablos-

Solo pudo desear desaparecer cuando ella agarró una de sus alas, riendo y levantandola sobre sus manos. No pudo hacer otra cosa que quedarse quieto como una estatua, porque nadie tocaba las alas de un ángel, jamás. La humana no parecía tener mucho cuidado sobre el espacio personal, y examinaba su ala sin mucho miramiento.

-Quiero decir, ¡nunca he visto alas así! ¡Casi parecen oro de verdad! Todas las que he visto era marrones, blancas, negras, o grises. ¡Las tuyas son preciosas, verdaderamente raras! ¡Me pregunto si son aún más especiales, tal vez incluso más curativas! Quizás-

Ayako estornudó repentinamente, porque Alexis golpeó su nariz con la punta de su ala. Aprovechó su sorpresa para saltar lejos de su alcance, abrazando sus alas como un tesoro, harto.

-¡Deja de preguntarse cosas, ostia! ¡No soy algo que puedas inspeccionar!

Ayako suspiró y cedió, un poco decepcionada. Alexis comenzó a apartarse y presionar sus alas, para secarlas lo máximo posible.

-Déjame en paz, ¿vale? -Ayako parpadeó, porque lo vio levantar su ala izquierda para apuntar a su cueva. -Ahí tienes unas cuantas plumas. Tómalas y pírate.

Se quedó desconcertada, incrédula. Había estado bromeando cuando dijo que volvería por algunas plumas. Pensó que él había estado ofreciendo una sola pluma esa noche; una, no más. Solo regresó para ver si él todavía estaba aquí, tal vez demostrar que no tenía malas intenciones. Ni siquiera trajo a Lykaios con ella esta vez, sabiendo que lo intimidaba. No tenía intención de hacerle daño para tomar sus alas; en verdad no quería nada de él. Pero…

Ayako miró boquiabierta la entrada de la cueva, donde había una pequeña roca. Sobre ella descansaban cinco largas plumas, que brillaban bajo el sol.

Alexis por fin apartó su mirada de su ala húmeda. Levantó una ceja, porque la vio perpleja por primera vez. La humana siempre era expresiva y enérgica, pero ahora estaba sin palabras.

-¿Qué pasa? -Ayako reaccionó cuandoAlexis agitó una mano frente a sus ojos de manera inquieta. -¿Estás ahí?

-Yo- ¡Sí! Perdona. -Lo miró con asombro, incapaz de entender porque un ángel actuaba así. -No pensé que tú…

Alexis frunció el ceño y le dio la espalda. Empezó a caminar hacia el agua, soltando un comentario ofendido.

-¿Pensaste que estaba tirando un farol? ¿Por quién me tomas?

-Un ángel. Adoráis vuestras plumas. Odiáis perderlas o cederlas.

Alexis resopló sarcásticamente.

-Pueden ser útiles, pero a veces también molestas. ¿Sabes el cuidado que debo tener caminando entre los árboles? ¿La de veces que tengo que recordar no tumbarme sobre ellas? No hablemos de cuanto hay que peinarlas y cepillarlas, porque pueden acabar enredándose y haciendo un desastre. Es un caos. Es… ¡Es solo un montón de plumas! ¿Por qué querría las que se caen por sí solas? -Alexis levantó un dedo de repente, para advertir cínicamente. -Pero eh, dejémoslo claro, no vayas tirando de las que no he dejado caer. Esas las necesito.

Podría necesitarlas cualquier día, para huir por su vida.

Ayako reflexionó de nuevo, sobre lo que se había estado preguntado por el camino. Sus ojos se fijaron en él atentamente, y no tardó en soltar la pregunta, de manera sutil.

-¿No las quieres para…?

-¿Para qué? No tengo nada que hacer con-

-Para atraer a tu demonio.

Toda emoción desapareció del rostro de Alexis. Ayako se preocupó al ver sus alas erizarse de nuevo, y pronto noto que ahora estaba tenso. Su voz tembló tanto como sus plumas.

-A-atraer?

-¿Sí? Debes estar aquí para acabar con el que estas atado. -Alexis no esperaba que una humana supiera tanto. Peor aún, no parecía notar que el tema lo incomodaba en gran medida. Siguió hablando, intrigada por lo que el debía hacer en este mundo.  -Pensaba que las estabas dejando caer para atraerlo. En lugar de tener que buscarlo tú, ya sabes. Eso es lo que pensé, porque no estas dejando este lugar.

Se hizo el silencio. Un silencio tenso, doloroso para él. Ella no sabía por qué, pero Alexis seguía mirando al agua, dándole la espalda.

Comenzó a pensar que lo había ofendido; ningún ser humano debía cuestionar la tradiciones y motivos de un ángel. Podía estar enfadado, porque se atrevió a cuestionar su forma de lidiar con su enemigo. Pensó eso, hasta que él la contestó, tan paulatinamente que casi no lo escuchó.

-No quiero encontrarlo. Ni que… me encuentre. -Podía ver sus alas temblar. -Me estoy escondiendo.

La cazadora todavía no entendía realmente su situación.

-Pero debes-

-¿Matarlo?

Sus ojos azules se llenaron de tristeza cuando por fin se giró para mirarla, lentamente. Vio su miedo y resignación; no había esperanza alguna en sus ojos ámbar. Su lamento estaba basado en la ira y el cansancio.

-No puedo matarlo. ¿Es que no has visto lo cobarde que soy? No soy soldado; nunca quise esto. Me vi obligado a caer en este destino.

Ayako levantó una mano, porque Alexis empezó a marchar apresuradamente hacia su nido. Tiró un brazo hacia atrás para despedirla y aclarar las cosas, sin mirarla a los ojos.

-Mas te vale tomar tantas plumas como puedas, porque cuando esa cosa me encuentre, no verás ninguna más. Hazme un favor, deja de recordarme que soy hombre muerto.

Alexis apartó algunas hojas que colgó sobre la boca de su cueva como cortinas, entrando en su escondite bruscamente. Ayako estaba segura de que tuvo la idea de colocarlas allí después de su asalto. Pero esas hojas no podían ocultar mucho su presencia. Todavía podía verlo sentado ahí sobre una roca, cabizbajo. Dejó que su barbilla descansara sobre sus manos y sus codos sobre sus rodillas. Simplemente se sentó allí, esperando a que ella se fuera. No lo hizo. Así que soltó un gruñido cuando la vio acercarse otra vez, en lugar de dejarlo en paz.

-¿Estas sorda? ¡Te he dicho que te pires, humana!

Ayako asomó la cabeza a través de las hojas, para mirarlo con el ceño fruncido.

-Pensé que todos los ángeles eran guerreros.

Parecía que no pararía de hacer preguntas, las cuales consideraba estúpidas. Por ello, frotó sus ojos con una mano, demasiado cansado para maldecir. Ella sintió simpatía, porque accedió a hablar, aunque no le gustara.

-No, no todos. ¡Yo era sólo un maldito artesano, como muchos otros! La alta guardia, los que siempre has visto, son los elegidos, siempre. Por alguna razón estúpida, yo he sido elegido esta vez. Y como puedes ver, no estoy precisamente entusiasmado por ello. Quizás sea el único ángel con sentido común. Todos se sentirían… -Levantó una mano y citó burlonamente. -¡Honrados! Todos, incluso el más humilde escriba. Pero yo no, no veo las cosas así. Esos bastardos no podrían haber elegido otro, no; tenía que ser yo.

Ayako se reclina contra una pared y comenzó a pensar con los brazos cruzados. Alexis sabía que ella era terca, y que no se iría, aunque le gritara. Así que decidió centrarse en sus recursos e ignorarla. Volvió a hablar, para su disgusto.

-Entonces, estás realmente asustado. Ese demonio sabe que estás aquí, y eventualmente…  -La ignoró a propósito, dándole su espalda. Tomó su silencio como un obvio sí. -Eres uno entre mil. Realmente, un ángel extraño.

-Uno muerto. -Alexis soltó una aguda carcajada fingida, llena de amargura y sarcasmo. -¡Pensándolo bien, en realidad podría ser mejor si me mataras tú! Después de todo, serías precisa, y mi cadáver serviría para algo menos tétrico y desagradable. No puedo saber cómo se comportará ese demonio. No puedo saber qué me hará cuando me encuentre. Tal vez me arranque la tráquea de un mordisco; ¡tal vez me cortará en pedazos! ¡Quizás decidirá quemarme vivo, viendo que no soy más que un enclenque!

-Alexis…

-Puede que prefiera divertirse, perseguirme… ¡Hasta que caiga, tan cansado que no pueda volar ni correr! ¡Para luego mantenerme con vida en una celda, durante el mayor tiempo posible, disponiendo así de múltiples agasajos! Tal vez-

-¡Alexis!

Dejó de lamentarse y gritar a ciegas, porque ella también gritó. Lo había sacudido suavemente, ahora a su lado. Sus manos estaban sobre sus hombros, sin rozar sus alas. Le estaba dando una mirada intensa, rogándole que mantuviera la calma. Él la contesto con un resoplo, enfadado.

-¿Qué? ¿Acaso no es cierto que algunos demonios son así? ¡Atrévete a decir que no! ¡Tu mascota es una excepción, y solo porque te obedece! ¡Todo lo que he dicho podría suceder! ¡Tengo derecho a preocuparme! ¡Me encontrará eventualmente! ¡Déjame en paz ya, joder!

Ella sacudió la cabeza, negándose a alejarse. Sus manos presionaron un poco, en un gesto que trato de ser amable.

-Mira, no puedo saber cómo es tu demonio, ¿de acuerdo? Tal vez sí que tratará de acabar contigo, dado que estáis ligados.

-Bueno, ¡gracias! ¡Eso realmente me ayuda a ver el lado bueno de-!

-Déjame terminar, tonto. Alexis calló, viendo la firmeza en sus ojos. Ayako podría ser intimidante incluso cuando trataba de ser amigable. -No puedo saber cómo es… Por ello, trataré de ayudarte. Estaré a la guardia.

Alexis la miró fijamente, incapaz de comprenderla. Ayako pensó que sus palabras lo ayudarian a sentirse mejor. Para su sorpresa, el ángel maldijo bajo su aliento. No puedo evitar sentirse herida cuando sus alas la empujaron lejos de él. No la empujó con fuerza, pero sí la lastimó cuando se puso de pie y comenzó a acusarla resentidamente.

-Para poder seguir teniendo un buen suministro, ¿eh? -Bateó sus alas, mostrando sus puntas con claridad, altivo en su enojo. -¡De eso se trata! ¡Hay que mantener el negocio en marcha! Tu solo-

-¡Idiota, no lo digo por codicia!

Alexis se estremeció y se echó atrás, porque Ayako dio un paso hacia él, con una expresión iracunda. Su repentina rabia lo sorprendió; vio que no era alguien con quien meterse, alguien que se enfrentaría a cualquiera sin importar su tamaño. Lo había olvidado debido a su preocupación por su demonio: se olvidó de su profesión. Su comportamiento amistoso podía ocultar bien que ella mataba a los de su raza. Ante tal ira, trató de encogerse lo máximo posible bajo su mirada, gradualmente, con cada grito.

-¡Tengo interés por las plumas, cierto! ¡Mentiría si dijera que la idea de tener más no es una de las razones! -Lo señaló con un puño, a centímetros de su cara. -¡Pero eso no significa que no lo haya dicho por simpatía! ¡No soy una humana codiciosa y corrupta, como todos los ángeles pensáis que somos! ¡Ni siquiera me pagan dinero por ellas!

Mientras Ayako gritaba, Alexis se escondía debajo de sus alas, abrazándolas. Solo las soltó cuando ella tomó aliento y se calmó con un largo suspiro. Su voz todavía sonó resentida, pero más cansada y triste.

-Pensé que necesitarías una mano amiga en este lugar hostil, alguien que te ayudara. -Lo amenazo, no con lo que ella pudiera hacer, sino otros. -Espero que sepas muy bien lo que podría pasar si te acercas a otros humanos. Y fiarse de un demonio es algo muy arriesgado. Si realmente prefieres estar solo… ¡Que así sea!

Alexis se asomó por debajo de sus alas, porque la escuchó pisar fuerte e irse. Casi rompió las cortinas cuando salió de la cueva. Murmuró nerviosamente, levantando una mano en desconcierto.

-Yo… Ah-

Estaba casi fuera del claro, y solo se detuvo para gritar una última cosa.

-¡Por cierto! ¡Apestas pescando! ¡Deberías utilizar una caña de pescar o una red! ¡Idiota!

Solo pudo quedarse ahí sentado mientras ella se alejaba. Finalmente lo dejó solo.

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