Alas doradas

Table of Contents

AD 6 - Caridad

Alexis suspiró y sonrió un poco, sosteniendo una red en sus manos.

-Otra semana. Sigo vivo.

El ángel soltó una pequeña carcajada triste, porque consideraba que su situación era graciosa. De una manera extraña, claro. Todavía no había rastro de su demonio, nada.

Tal vez era porque estaba teniendo más cuidado; recordaba vigilar y recoger toda pluma que pudiera caer de sus alas. Eso ayudaba a mantener al demonio lejos, y, por tanto, proteger su vida. Pero había otra razón.

Alexis frunció el ceño, preguntándose si Ayako volvería. Había estado dejando las plumas en la misma roca, todos los días. Pero cada vez que volvía de explorar, todavía estaban allí.

Tal vez estaba resentida. No la culparía por ello. Aunque en su defensa, podía decir que tenía todo el derecho a ser desconfiado. Tenía que serlo para sobrevivir.

Alexis trató de ignorar esos pensamientos, otra vez. Intentó centrarse en el lado positivo de las cosas. Uno: estaba vivo. Dos: había encontrado un lago.

Tras tomar aliento, tiró con fuerza de la red, tan pronto como vio una sombra enredarse en ella. El lago era grande y algo profundo, con muchos peces nadando dentro. Lo mejor era que no estaba muy lejos de su nido.

Se le escapó una pequeña risa contentada, porque había un pez en la red, aleteando en vano. Luchaba por escapar, golpeando sobre la orilla sin lograr desenredarse. Tenía que darle la razón a Ayako; realmente era más fácil pescar con una red.

La comida no era un problema ahora. El pescado sabía mejor que la fruta, pero comía ambas cosas. Era una de las pocas cosas buenas en su situación desesperada.

Agarró el pez con cuidado, para luego dejarlo caer dentro de una bolsa que había hecho hace unos días. No sin sentirse un poco mal por ello.

-Lo siento.

Sentía lástima, pero tenía que comer. Tenía que seguir adelante. Su vida estaba destinada a acabar súbitamente, pero eso no significaba que no intentaría vivir tanto como fuera posible.

Ya tenía dos peces, suficientes para hoy. Iba doblar la red y volver a su nido. Pero sus ojos captaron algo más enredado en ella, algo que relucía un poco. Lo cogió lentamente, y luego lo levantó delante de sus ojos para examinarlo curiosamente.

-¿Un molusco?

Dudó, no sabiendo si estas cosas se podían comer. O no era comestible, o estaba prohibido por ley. No tenia ni la más mínima idea.

Después de un minuto, terminó por encogerse de hombros y lo tiró a la bolsa también. En su situación, no tenía por qué importarle lo que pensarían los sacerdotes. Quizás sabría mal, pero no perdería nada al probarlo.

———————————-

A lo largo de los últimos días, había probado muchas maneras de cocinar el pescado. Primero trató de imitar cómo lo hizo Ayako. Estaba bien, pero… no del todo. Le faltaba algo. Ponerlos cerca del fuego era demasiado simple. Sabía que de alguna otra manera podían saber mejor. Por ello comenzó a pensar, ayudado por su mente nerviosa. Además, si pensaba en eso, no podía pensar en lo que haría su demonio.

Motivado por tal avidez, acabó por fabricar algo. Levantó una roca plana y delgada sobre el suelo, y la sostuvo con tres palos que cortó para sostener su peso. Con todo atado y sujeto, por fin pudo cocinar sin arriesgar quemar nada.

Como cada día, se acerco al fuego de campaña con calma, alentado por la idea de una buena comida. Colocó el molusco sobre la piedra, junto a los peces que consiguió atrapar. Al encender el fuego, la roca empezó a calentarse, asando gradualmente su comida. El humo también contribuía a un mejor sabor, algo que descubrió después de algunos intentos fallidos.

Esta noche, no podía evitar sonreír. Mantenía el cálido fuego vivo, vigilando que los peces no se quemaran. Su curiosidad creció, porque con el calor, el molusco se abrió lentamente, revelando la carne en su interior. Se le hizo la boca agua. Con cada segundo que esperaba, se sentía más impaciente.

Alexis se comió los peces primero, hambriento después de pasar todo el día caminado y pescando. Una vez terminó, agarró el molusco, para inspeccionarlo de cerca.

-Vamos a ver… -No era mucho; la carne dentro apenas era un bocado. Pero cuando por fin la probó… Algunos conejos pegaron un brinco y corrieron a esconderse en plena noche, porque un fuerte grito resonó a través del bosque. -Dios, ¡esta jodidamente bueno!

Si los peces tuvieran una memoria más larga, desearían que un demonio se deshiciera de su nuevo depredador.

——————————————————–

La luz de una vela iluminaba tenuemente la habitación y escritorio, donde yacían esparcidos múltiples libros y herramientas. Cecilia examinó detenidamente la pluma dorada en su mano, con gran interés. Su siguiente pregunta fue fastidiosa, incluso si fue expresada con delicadeza.

-¿Aún no lo has encontrado? Estas plumas son perfectas. Alivian el dolor rápido y curan eficientemente. Realmente nos iría bien tener algo más substancial.

Ayako estaba sentada cerca de la chimenea, con una taza de té entre las manos. Soltó un suspiro sin apartar la mirada del fuego, cansada de ser interrogada.

-No, Cecilia. Todavía no he encontrado al ángel. Solo encuentro plumas.

Mintió. Otra vez. Por suerte para ella, Cecilia siempre se lo tragaba. Aun así, su insistencia era agotadora.

La chica de pelo blanco sonrió mientras rompía las plumas en un cuenco, para mezclarlas con agua y hierbas medicinales. Sus ojos amarillos miraban la sustancia con fascinación, mientras que su voz estaba llena de ambición.

-Debe ser astuto, ¡o muy rápido! Ten cuidado, tiendes a encontrarlos en poco tiempo, y este te está tomando más de lo normal. Debe ser muy sagaz.

O un imbécil con mucha suerte.

Incluso si Ayako estaba enojada, todavía mantenía secreto el paradero Alexis. Era distinto, sí, pero no estaría a salvo con humanos. Un ángel con buen corazón era algo inaudito, y tampoco importaría mucho si esa noción fuera descartada.

La avaricia pronto caería sobre él, y le causaría más que problemas. No por culpa de sus socios… Godric nunca querría matarlo, ya que seguramente entregaría muchas plumas voluntariamente. Era el resto de la aldea lo que le preocupaba. Toda la región sabría de el con el tiempo. Y entonces los rumores llegarían lejos. Otros podrían desear más de lo que él pudiera dar.

Jamás lo admitiría, pero se preocupaba por el despistado ángel.

——————————————————

Alexis gruñó y tiró de su red de nuevo. La arrastró a la orilla, con mucho cuidado. Soltó suspiro decepcionado cuando vio lo que había dentro; sólo había atrapado un pez. No era lo que él quería.

Sus ojos se fijaron en el pez tristemente. Lo agarró y dejó caer suavemente al agua, liberándolo. Tenía suficiente comida, no necesitaba más. De algún modo, no podía olvidar el sabor de ese molusco.

Maldijo mentalmente, mirando a las tenues sombras en las profundidades. Fue por pura casualidad que logró agarrar un molusco ese día. Estaba seguro de que se había desprendido del fondo del lago, donde ahora podía ver varios, entre la arena y la grava. Estaban allí, difíciles de ver, pero ahí, en las profundidades.

Estaban fuera de su alcance; por mucho que tirara de la red, por más que intentara que rozara los moluscos, no se soltaban. Ni uno solo.

-Tal vez no debería haberlo probado después de todo.

Ahora realmente los quería. Lamentó no poder obtener más.

No había mucho que pudiera hacer en estos bosques. No tenía tareas con las que entretenerse aparte de recolectar. Ya había reformado su cama con madera que cortó, resignándose a usar esa maldita espada. Incluso hizo una silla.

Estos días había estado haciendo una mesa para matar tiempo y dejar de comer fuera cerca del fuego. Podía fabricar cosas, era capaz… pero indeciso. Lo único que realmente lo mantendría ocupado seria construir una cabaña, pero no lo haría. Si lo hiciera, traería más atención a su claro oculto en mitad de los bosques.

Estaba aburrido. Así que gastaba el tiempo cerca del lago, tratando en vano de atrapar algo más, lo único que quizás traería algo de júbilo a su miserable existencia: comida.

Alexis gruño y se rascó el pelo exasperadamente. Acabó dejando caer su red, porque de nada servía tratar de enganchar esos moluscos con ella. Si tan solo pudiera agarrarlos, sería mucho más fácil.

-Agarralos…

Sus ojos se abrieron un poco más, mientras que su mano soltó su pelo lentamente. Una idea palpitó en su mente, causando que su mirada se centrara intensamente sobre el agua.

No era humano. Por mucho que los ángeles trataran de verse a sí mismos como criaturas santas y sabias… tenían instintos furtivos y predatorios. Igual que las criaturas que despreciaban tan fervientemente. Siempre suprimían su verdadera naturaleza, enterrándola en lo profundo de su ser. Todos dedicaban siglos a negar sus deseos más terrenales, eliminando así todo rastro que los asemejara a los humanos o demonios.

A Alexis nunca le gustó actuar de esa manera. Nunca trataba de ocultar sus emociones o ser impasible; no era una efigie viviente como los demás.

Ahora no podía evitar mirar al agua; no se dio cuenta de cómo sus alas temblaron expectativamente. Sólo podía cavilar lo mucho que le gustaría tener algunos de esos moluscos, disfrutar de algo que lo distrajera en gran medida.

Estaba tan fascinado por la idea que no podía pensar en otra cosa. Tomó una decisión a ciegas, sin pensarlo dos veces. Saltó al agua fuertemente, después de tomar una profunda bocanada de aire.

Nunca había nadado en aguas profundas. Sólo entraba en el río a veces, sin olvidar lo molesto que era secar sus plumas después. Si se adentraba en el arroyo, siempre mantenía sus alas sobre la superficie. Siempre podía tocar el fondo cerca de su nido, porque el agua no le llegaba al cuello allí. Sin embargo, ahora debía sumergirse completamente si quería alcanzar esos moluscos.

No se preocupó mucho por aguantar la respiración, porque tenía más estamina y fuerza que un humano, aunque no lo pareciera. Al flotar hacia abajo, movió los brazos y las alas para empujarse a sí mismo. Sus ojos brillaron en la tenue luz azulada del agua, llenos de optimismo. Todos los peces se apartaron al verlo descender. No tardó en alcanzar el fondo, gracias a que sus alas pesaban sobre él.

Sonrió confiadamente cuando se asentó sobre la arena. Avanzó con movimientos lentos pero firmes. Tras agacharse, comenzó a recoger moluscos, tirándolos dentro de la bolsa atada en su cinturón. Escogió unos pocos, solo algunos, consciente de que no debía tomar demasiado. Si se los llevaba todos, le podrían faltar más tarde.

El ángel pronto asintió contentamente y aseguró su pequeño morral. Había tomado cinco moluscos, sin necesitar un cuchillo para arrancarlos de las piedras. Una vez se aseguró de que no se saldrían de la bolsa, empezó a nadar hacia arriba, porque necesitaría aire pronto.

Frunció el ceño, tratando de empujarse con las piernas y brazos. Gruñó, luchando por alzarse. Sus ojos no tardaron en entrecerrarse con aprensión, porque se dio cuenta de que sólo había logrado subir un metro, después de un minuto entero. Aunque nadara con todas sus fuerzas y sus alas trataran de moverse para ayudarlo…

Las extremidades que le habían ayudado a hundirse ahora le impedían nadar. Eran demasiado pesadas en el agua; sus plumas estaban empapadas. Sus alas batían demasiado lentamente para dar un buen empujón. Podía sentir que lo hundían, fluyendo lentamente a sus lados. Su musculatura no podía hacer que se movieran tan rápido como sus brazos y piernas.

Alexis empezó a entrar en pánico, por fin viendo lo idiota que había sido al tirarse al lago. Había pensado que sería capaz de nadar sin mucho problema, pues nunca se había sumergido tanto en la vida. Los ángeles nunca nadaban así; solo había un mar en su mundo, y jamás se acercaban a él.

No percibió peligro alguno al contemplar el agua, porque los ancianos nunca advertían a la plebe sobre tal riesgo. Aprender a nadar no era considerado como algo necesario en su tierra. Se ahogaría si no salía, ahora.

Gruñó sin abrir la boca, fijando su mirada en la distante orilla. Sintió como sus pulmones comenzaron a rogar aire… y todavía no podía alcanzar la superficie. No importaba si había logrado ganar algo de distancia con sus esfuerzos. En poco tiempo, no sería capaz de seguir nadando.

Su expresión cambió lentamente. Perdió parte de su miedo, mostrando más resignación en su lugar. Entendía que no moriría por culpa de una cazadora, ni un demonio, sino por unas simples conchas.

Sólo pudo levantar un brazo débilmente al comenzar a temblar, perdiendo su brío y impulso. Al final no vería a ese demonio. Seguramente reiría al percibir su muerte. Si los ancianos supieran de esto, también reirían.

-Tal vez yo también debería.

Cerró los ojos, sintiendo como su mente se nublaba. Aparte de su previo pánico y la dolorosa sensación en sus pulmones…

-Esto… trae paz.

Se dejó hundir de nuevo, se rindió al cansancio. Flotó allí, impasible. Sólo tenía un pensamiento.

-Solo…

Su expresión se estremeció, como lo hicieron sus alas, al oír una súbita salpicadura en la superficie. No pensó mucho en ello, demasiado entumecido. No obstante, pronto sintió como algo agarró uno de sus brazos.

Ayako se sobresaltó un poco cuando los ojos de Alexis se abrieron de repente. El ángel se inquietó, tan pronto como ella lo agarró. Trató de retroceder a ciegas, espantado. Ella soltó un bufido frustrado, porque él intentó apartarse de ella frenéticamente, aturdido. Soltó en poco aire que le quedaba al intentar gritar, instintivamente.

La cazadora decidió detener al ángel, antes de que se ahogara. Estampó una mano sobre su boca y lo hizo parar quieto. Después de unos segundos, en los que la miró aturdidamente, Alexis por fin vio que era ella y no algo que lo quisiera destripar. Sus ojos mostraron una triste confusión tras su extenuación, como si no entendiera por qué ella estaba allí.

Ayako estaba su lado, agarrándolo de los hombros y tirando de él hacia arriba. Aunque le costara pensar y estuviera perdiendo la conciencia, sabía algo: ella no llegaría a la superficie si él no ayudaba un poco.

Ambos nadaron todo lo que pudieron. Alexis lo hizo débilmente, mientras que Ayako hizo el mayor esfuerzo. Sus alas todavía los ralentizaban, pero ella logró llevarlos a la superficie, segundos después de que él cerrara los ojos y perdiera la conciencia.

-¡Gah-ah!

Ayako se preocupó, notando que Alexis no tomó aire como ella. Tampoco se movía. Por ello, lo arrastró rápidamente a la orilla, dejándolo caer entonces para comprobar si todavía vivía.

Había un pulso, un latido; lo escuchó cuando puso su cabeza sobre su pecho. Estaba vivo, pero no respiraba. Pasó mucho tiempo allí dentro. No había duda, no era humano. Aun así, fue demasiado.

Ayako respiró hondo, recordando todo lo que Godric le enseñó. Eran los únicos apotecarios del pueblo, y debido a ello, sabía qué hacer. Por suerte para Alexis, despertó antes de que ella pudiera tratar de revivirlo.

La humana jadeó en sorpresa, porque el ángel se inclinó repentinamente a un lado, tosiendo fuertemente. Se abrazó a sí mismo y comenzó a soltar toda el agua que tragó. Ella solo se limitó a ponerle una mano sobre la espalda, tratando de tranquilizarlo.

Quería gritarle por hacer una cosa tan estúpida. Pero al verlo llorar y desplomarse ahogadamente, decidió que podía esperar.

———————————————

Alexis todavía estaba un poco inquieto. No hablaba mucho, y si lo hacía, era de manera extremadamente tímida. Sabiendo esto, Ayako suspiró y se quitó su larga banda negra, que estaba seca gracias al hecho de que se desprendió de ella antes de saltar al agua.

Una vez Alexis se recuperó lo suficiente y su respiración se estabilizó, Ayako lo ayudó volver a su claro. Él no se atrevió a decir una sola palabra mientras caminaban a la cueva, avergonzado y cansado. Ahora estaba sentado en su silla, frente a un fuego que ella encendió rápidamente. Sólo se atrevió a levantar un poco la mirada cuando ella le habló directa y seriamente.

-Tu camisa está empapada. Enfermaras si te la dejas puesta.

Por fin susurró algo para contestarla, aunque retraídamente, debido a su nerviosismo y el dolor que sentía en la garganta.

-No creo que-

-Alexis, por el amor de… Ugh. -Ayako se frotó el ceño, exasperada. -No voy a mirar, y tienes alas. Grandes alas. ¿Necesito decir más?

Ayako se cruzó de brazos, negándose a refunfuñar mientras Alexis dudaba.Con un suspiro, por fin accedió a quitarse la camisa, no sin antes esconderse entre sus magnas alas. Sabía que ella no aceptaría quejas ni excusas.

A la joven se le escapó una sonrisa afable, pues lo vio hacerle caso y cubrirse con su plumaje, ahora un poco menos húmedo debido al fuego. Asintió entonces, complacida.

-Bien.

Alexis no se movió un pelo cuando Ayako se acercó, pero si se encogió ligeramente cuando le tiró la banda sobre los hombros. Eso hizo que mirara fijamente al fuego, mucho más avergonzado.

La humana le dio espacio; caminó hacia una roca, y luego se sentó en ella sin palabra. Ambos se quedaron callados durante un largo rato, escuchando el crepitar de las llamas. Hasta que él rompió el silencio.

-Gracias, Ayako.

La cazadora parpadeó, sorprendida al oírlo pronunciar su nombre. Era la primera vez que lo dijo desde que se lo reveló. Su perplejidad decreció, pronto remplazada por una sonrisa cálida. Mostró estima en sus ojos azules, incluso si estaba cansada. Podía ver el agradecimiento en la mirada apenada del ángel.

-No hay problema, Alexis.

Hizo bien al preocuparse. Aunque nunca admitiría ese hecho.

Alexis pareció calmarse más después de un rato, agradecido por el silencio y falta de sermones. Eventualmente la miró de nuevo, levantando una ceja con el ceño fruncido.

-¿Cómo supiste que me estaba ahogando?

Alexis sospechó cuando Ayako apartó la mirada nerviosamente, riendo un poco.

-Ah, solo fue una coincidencia que lo descubriera. Estaba rondando por la zona… y escuché como algo cayó al agua.

Alexis no era estúpido. No se tragó la manera en que Ayako trató de excusar su presencia. Había algo en su expresión ladina, algo que había visto antes, cuando trató de ocultar por qué Lykaios la ayudaba. Podía sentir su nerviosismo, y no dudó en reprocharla.

-Me estabas espiando.

Ayako pegó un sutil brinco y casi se cayó de su roca. Su sonrisa casi flaqueó también. Se apresuró a tratar de ocultarlo.

-¿Yo? ¿Espiarte? Ni en sueños. ¿Por qué querría espiar a un inútil como tú? Sólo estaba buscando hierbas medicinales.

-Ese tipo de hierbas no crecen cerca del agua. Si realmente las hubieras estado buscando, habrías ido hacia el norte, pasado el lago.

-¿Cómo es que sabes…? -Le dio otra excusa rápidamente, altiva. -¡Te oí lanzarte desde lejos!.

Alexis la fulminó con la mirada, viendo por fin a través de sus mentiras.

-Si hubieras estado lejos, es posible que hubieras escuchado la salpicadura. Pero podría haber sido un animal, ¿no? Me viste saltar; si no, no habrías imaginado que estaba allí en lo profundo. Pasé cinco minutos allí abajo, tiempo suficiente para que pensaras que saldría. Pero no lo hice. -Sonrió soberbiamente, porque esos ojos azules traicionaban la verdad. -Te preocupaste después de cinco minutos, sabiendo que necesito respirar, aunque pueda aguantar más que un humano. ¡Me viste sumergirme!

Ayako tembló, maldijo y trató de pensar en otra excusa. No encontró ninguna viable. Su molesta y resignada confesión hizo que Alexis sonriera sardónicamente.

-¡Vale! ¡Te estaba espiando!

-¿Por qué? ¡Pensé que estabas enfadada!

Ayako juntó sus manos y apartó la mirada, admitiendo la razón.

-Todavía dejas plumas en esa roca…

Él la miró fijamente, incrédulo, sabiendo que no tomó ninguna.

-¿Me has estado vigilando, todos estos días?

Ayako sonrió tristemente y asintió con la cabeza, un poco avergonzada.

-Lo admito, me preocupé. Eres un idiota, pero no una mala persona. No podía dejarte solo. ¿Y si ese demonio…?

Hubo silencio por un momento. Alexis sonrió tenuemente, porque vio que le importaba a Ayako, no solo por sus alas. Sin embargo, su sonrisa no duró mucho. Ella comenzó a reír, con gradual intensidad. Levantó un dedo para señalarlo, burlonamente.

-Realmente, ¡debería haberme preocupado más por lo que TÚ podrías hacer!

-No tiene gracia…

Ella siguió riendo, ignorando como la miraba con enfado.

-¿Qué leches estabas pensando?! ¿Nadar? ¡¿Con esas alas?!

Alexis se agitó en su silla y respondió nerviosamente, gruñendo.

-¡No sabía que eso pasaría! ¡Vi algunos moluscos, y pensé que-!”

-¡¿Casi te ahogas, por unos moluscos?! Oh dios mío, esto no tiene precio… ¡Si que eres raro!

-¡Calla!

-¿O qué? ¿Vas a tratar de golpearme con tus alas?!

-¡Puede!

Alexis se levantó con un fuerte refunfuño, abriendo sus alas de par en par, pues se habían secado ya. Quiso golpearla de manera malhumorada, pero se paró en seco, viéndola desternillarse. Casi se cayó de la roca donde estaba sentada al hacerlo.

Le siguió lentamente la mirada. Había apartado sus alas de alrededor de su torso. Y se había quitado la camisa hace un rato.

Mientras que el ángel se sonrojó y se abrazó de nuevo con sus alas de manera frenética, ella se desplomó al suelo en un ataque de risa.

La humana era extraña. Pero el suponía que ambos lo eran.

—————————————–

Alexis tuvo más cuidado tras el incidente en el lago. Estaría gravado en su mente para siempre.

Se le escapó un suspiró, caminando de vuelta a su nido, con solo un pez en su morral. No se había atrevido a pensar si quiera en esos moluscos. Ignoró su presencia en el lago durante días. Estaban deliciosos, pero debía olvidarlos por su propio bien.

-Adiós a lo único bueno de este sitio…

Por fin saltó sobre el borde rocoso que conducía al claro, después de rodear el acantilado que coronaba su nido. La caminata desde el lago era larga, así que pretendía soltar su bolsa e ir directo a la cama, cansado. El sol se estaba poniendo, y no estaba de humor para nada.

Habría entrado en la cueva para dejar el día atrás, pero algo le llamó la atención. Se detuvo en frente de la entrada, viendo algo que no estaba allí antes. Había algo sobre la roca donde siempre dejaba sus plumas.

Se acercó despacio, confundido. Donde había plumas, ahora descansaban una bolsa y una nota. Tomó el papel primero, leyendo en silencio.

-Me las quedo. No estoy enfadada, tú tampoco; aunque seas un cascarrabias. Como pago…

Esto sólo podía ser de Ayako. Sabiendo eso, dejó la nota en la roca y cogió la bolsa con cuidado. Al abrirla, se quedo ahí quieto por todo un minuto, mirando fijamente lo que contenía.

-Tú…

Había varios peces en el interior, no sólo de agua dulce. Además, también había marisco, de diferentes tipos y tamaños.

Alexis lloró en silencio y sostuvo la bolsa cerca de su pecho, agradecido. Ahora no se sentía tan solo.

Table of Contents